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Vivimos tiempos en los cuales el ser humano ha dejado de lado lo subjetivo y espiritual, para dedicarse a los afanes del día a día. Lo que otrora indicaba el pensamiento racional de Descartes "Pienso, luego existo", se interpreta hoy como "Actuó, luego existo"; no hay tiempo para meditar sino correr, y correr es ir tras el viento; creemos tener capacidad para lograrlo todo, pero en nuestros afanes solo perseguimos realidades materiales, comodidades, riquezas; satisfacernos sin importar el cómo. Nos basta con disfrutar y vivir el momento. Se dejan a un lado los principios y valores éticos y morales, tan esenciales para la estabilidad y seguridad de la sociedad, y en reemplazo de estos acomodamos la consigna de Maquiavelo: "el fin justifica los medios".

La práctica postmodernista nos da por sentados muchos comportamientos como normales y saludables, con argumentos de cómo aceptar al otro, aún en medio de las diferencias, aplastando los puntos de vista clásicos que han sido columnas institucionales en la sociedad, como el concepto de familia y su composición, hoy golpeado severamente con la tesis del libre desarrollo de la personalidad, y el nuevo concepto liberal de familia. El desenfreno surge como la panacea, en tanto no existe regulación, y el límite son las insondables fronteras de imaginación. 

Lastimosamente, de manera inevitable, lo novedoso llama la atención, es sumamente tentador, pero la historia da cuenta de pueblos -y aún grandes civilizaciones- que actuaron obnubilados por esos espejismos, con resultados funestos. La escuela epicurista de la antigua Grecia se destacó, justamente, por ese enfoque, y no obstante su fama, su ostentación y el florecimiento de sus excesos (o tal vez precisamente por ellos) los griegos pasaron años después a ser un pueblo vasallo y sometido.

La ciencia política ha demostrado que toda sociedad requiere de regulaciones que aseguren su convivencia. Por ello la base son los principios y valores éticos y morales, al igual que la promoción de consensos mínimos que faciliten la interactuación de los asociados. La ley, entonces, es la regla; y debe ser neutral, para no beneficiar a un sector frente a otro. Con ella, y la Constitución, se sella el contrato social o los grandes pactos ciudadanos de convivencia. 

El rey Salomón dijo: "Yo, el maestro, reiné en Jerusalén sobre Israel. Y me dediqué de lleno a explorar e investigar con sabiduría todo cuanto se hace en el cielo. Penosa tarea ha puesto Dios al género humano para abrumarlo con ella. Y he observado todo cuanto se hace en esta vida; todo es absurdo, ¡es correr tras el viento!"

"Ni se puede enderezar lo torcido, Ni se puede contar lo que falta. Me puse a reflexionar: aquí me tienen engrandecido y con más sabiduría que todos mis predecesores, y habiendo experimentado abundantemente sabiduría y conocimiento. Me he dedicado de lleno a la comprensión de  la sabiduría, y hasta conozco la necesidad y la insensatez. ¡Pero aun esto es querer alcanzar el viento!"

Es de esa insensatez que estamos plagados hoy en día, abrumados por lo sensorial y sin que lo ético-moral fundamente el devenir de la sociedad. De allí que la corruptela haga festín, en tanto todo me es permitido mas no todo me conviene y la práctica de nuestra generación es libertad al desenfreno. En verdad, si queremos verdadera prosperidad, hoy nos urge determinar los principios y valores auto regulatorios para que podamos convivir con libertad y prudencia. De lo contrario, el desenfreno nos llevará a correr tras el viento, a sabiendas de que no hay retorno y nunca le podremos alcanzar. Esto es, algunos con los ojos abiertos y plenamente conscientes, iremos a nuestra propia autodestrucción.

Actúo, luego existo
Por Javier Bustillo Pertuz

     OPINIÓN