Copyright 2010. All Rights Reserved. www.revistaelmetro.com

::.Síganos también  en--.>
Muchos recomiendan que, para no decepcionarse de las personas, la clave está en no esperar nunca nada de ellos. Si se es fiel a dicho planteamiento, al momento en que su conducta merezca el más contundente reproche ético, su análisis, se hará con base en un juicio objetivo, desprovisto de cualquier apasionamiento que tergiverse la reflexión y eventualmente pueda lastimarnos. 

Sin embargo, la imperfección que como seres humanos nos caracteriza, muchas veces es originada por la mala costumbre de condicionar verdades objetivas, como con la que se abrió esta columna,  a sentimientos como la fe y la esperanza, los cuales me llevaron, hasta hace muy poco, a confiar ciegamente en el Procurador General de la Nación, el Sr. Alejandro Ordoñez.

Hace algún tiempo , gracias a una seguidilla de durísimas decisiones de orden disciplinario en contra de funcionarios tanto uribistas como de la oposición, me llevaron a forjar la mejor opinión del jefe del ministerio publico, su independencia y verticalidad moral, hicieron que ignorara la posición personal que nuestro procurador tenía sobre polémicos temas como el aborto, matrimonio homosexual, etc. Y la supuesta inconveniencia de esa corriente de pensamiento en cabeza de quien dirige la procuraduría general.

Debo confesar que los mas recientes hechos, concretamente, la fiesta del matrimonio de la hija del señor Ordóñez, me tiene sumido en la más compleja de las confusiones. Soy un convencido que resulta ser prácticamente imposible que una persona, por muy importante que sea y sin importar lo que diga Facebook al respecto, pueda decir que cuenta en su haber con la gracia de tener 700 amigos; es más, irónicamente, entre más importante y reconocido se es, la lista resulta ser mucho más reducida dado que, lamentablemente, el reconocimiento y la fama casi obliga a mirar con sospecha las reales intenciones de quienes, una vez se adquiere cierto grado de reconocimiento, aparecen en nuestras vidas. 

Puede sonar cruel y desagradable pero lamentablemente es la realidad, tristemente muchos se dejan engañar de ese espejismo que viene aparejado con la fama y la facultad de decisión y desplazan a personas que desinteresadamente siempre han estado a su lado de forma incondicional, por ello es que resulta de vital importancia, incluso, si se quiere, para conservar el poder mismo, ser cuidadoso de las personas que permitimos entrar, bajo esas circunstancias, en nuestro círculo cercano.

Corolario de lo expuesto resulta elemental concluir que en una reunión en la cual se celebra un acontecimiento tan personal como el matrimonio de un hijo, con una lista de invitados de 700 personas, obviamente harán presencia, más que amigos, personas ligadas con los anfitriones por algún tipo de interés. Esta efectiva estrategia resulta común en la vida de empresarios y políticos en procura de alcanzar un desarrollo en su actividad, utilizando para ello una ampliación de su circulo social, exactamente la estrategia es muy sencilla, consiste en disfrazar una reunión de trabajo con la apariencia de una fiesta personal con el fin de hacer creer amigos del alma a los que en realidad son socios, simpatizantes y financistas. Pero el gran inconveniente aquí es que el señor procurador no es ni empresario ni político, es un servidor público con funciones jurisdiccionales, por lo que la constitución política exige una total independencia  para su ejercicio.

Si leemos la constitución y reflexionamos sobre la concepción del "equilibrio de poderes" entenderíamos sin dificultad alguna el porqué se le exige una especial y rigurosa independencia a aquellos servidores públicos que, como el procurador general, tienen algún tipo de facultad jurisdiccional. El procurador no solo es el juez natural en materia disciplinaria para estos funcionarios, sino que incluso son estos los mismos facultados por la ley para intervenir de una u otra forma en su elección. Lo ocurrido resulta ser el típico ejemplo de una situación jurídicamente ajustable a la norma pero éticamente cuestionable.

No hay nada como una real celebración rodeado de los verdaderos amigos, que a cada mesa que se acerque el anfitrión, extraiga una historia del pasado que le permita recordar la evolución que ha experimentado su vida; de esas habrá muchas en el matrimonio de Moncho y Lili, tanto que tocará solicitar una extensión con el fin de no dejar ninguna por fuera, situación que se echó de menos en la majestuosa fiesta del procurador, donde seguramente necesitó de un "esparring-escolta" que le recordara el nombre de la persona que se disponía a saludar y la razón de su asistencia a la fiesta.







* Abogado.
Especialista en Derecho Penal y Criminalogía
y en Derecho Administrativo.

anthonysampayo@hotmail.com
Apaga y vámonos...
Por Anthony Sampayo Molina *

     OPINIÓN