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La charla de Pedro y Tomás
La visita a los monumentos
Por Lalo Vivo
Pedro y Tomás (los dos únicos personajes callejeros que no serán escondidos los días de la Cumbre de las Américas, ya que una tutela que instauraron les permitirá seguir pescando frente al Centro de Convenciones gracias a que ellos -como se sabe - cuentan con 'confianza legítima' y son dueños del lugar) hicieron la tradicional visita de los jueves santos a los monumentos y, sorpresivamente, se encontraron en cada una de las iglesias visitadas con varios personajes locales. 
Al entrar a la iglesia de San Roque, en Getsemaní, lo vieron enseguida. Y es que era imposible no verlo si prácticamente se tropezaron con él, que iba -presuroso - en medio de un grupo de personas que pugnaban por estar lo más cerca posible suyo, y -además - iba vestido de blanco de los pies a la cabeza, como siempre; e iba hablando con alguien a través de su celular, también como siempre.

-    El Nau como que no nos vio - le dijo Pedro a su inseparable amigo.

-    Sí nos vio, lo que pasa es que él anda como que muy ocupado - justificó Tomás. Acuérdate que el pobre anda envainado con tantas cosas de la Cumbre. Si hasta se le olvidó que les dio un plazo de 24 horas a los de 'Chiringuito' para que desocuparan, pero como que se le olvidó anotarlo, jejeje.

-    Bueno -respondió Pedro mientras se persignaba - ojalá el Nau haya rezado con fe, para que las cosas le mejoren, ya que está medio embolatado. Yo creo que lo de los salvavidas le ha dado duro.

Muy cerca de la plaza de la Trinidad, los dos amigos se detuvieron en una tienda; más que para aplacar la sed, como lo reconocieron ambos, para descansar de la caminata realizada.

-    Y eso que todavía nos faltan cinco visitas más -manifestó Pedro, suspirando.

Cuando llegaban a las escalinatas de la iglesia de la Santísima Trinidad vieron al Berna y al Benja, que bajaban, sonrientes, mientras saludaban a un grupo de líderes cívicos de Getsemaní que se encontraban sentados en las gradas. Más atrás venían, conversando sobre la importancia de las Juntas de Acción Comunal, el Rami y el Ani. Este último traía un llamativo sombrero vueltiao que le había obsequiado uno de los parientes a quien había ayudado recientemente a conseguir trabajo.

Pedro y Tomás visitaron luego la iglesia de La Tercera Orden. Como entraron por la puerta lateral, la que da a la Calle Larga, no vieron al grupo de personas que se encontraban en los alrededores del Centro de Convenciones, muy cerca de donde tienen su sitio de trabajo. Al salir, sin embargo, no pudieron evitar mirar hacia allá y verlos en toda su dimensión. Parecían abejas obreras construyendo su panal.

A la distancia no pudieron reconocer a nadie; no obstante, Pedro estuvo seguro de haber reconocido a varios. - Las de las blusas naranjas son Clara y Amira -aseguró, convencido. - Y los dos con cascos son Santos y Cepeda.

Todavía estaban discutiendo si eran ellos o no cuando llegaron a la iglesia San Pedro Claver, que estaba tan llena de feligreses, visitantes que tuvieron que esperar varios minutos para poder medio asomarse desde la entrada.

-    Oye, definitivamente nos estamos tropezando con todos -señaló Tomás. - ¿aquel que viene allá no es Mayo?
-    No, es Julio -respondió Pedro. - Tú siempre confundiendo los meses…
-    Sí, tienes razón. Jejeje... No le había visto los bigotes. No lo vayamos a saludar porque nos ven y enseguida dicen que estamos hablando de negocios

Desde el Parque de Bolívar, al dirigirse hacia el quinto monumento que visitaban, lo vieron enseguida. Salía por la puerta lateral de La Catedral, la que da a la Plaza de la Proclamación, acompañado de por lo menos doce personas, todas impecablemente vestidas de blanco. Él llevaba puesta una guayabera anaranjada, resplandeciente, que esparcía una sorprendente luz como si fuese un aviso de neón.

-    Miegda, hay Campo hasta pa'l Santísimo -exclamó Pedro.
-    Pues claro, tú que crees - dijo Tomás. - ¡Hay que rezar para no seguir cometiendo tantos errores!

En la Plaza de Santo Domingo, antes de llegar a la hermosa iglesia del mismo nombre, los dos amigos se encontraron con 'La Plofe'. La llamaban así, cariñosamente, porque había sido profesora de ambos cuando aun no habían salido de Magangué, y porque 'La Plofe', entre varios encantos, tenía el de su peculiar forma de hablar: tenía, como se dice, la 'lengua pegada'. De todas las personas con las que se encontraron, fue la única que los saludó de manera cordial. Con mucha educación.

Tras entrar a la iglesia de Santo Domingo -que también estaba atiborrada, principalmente de turistas - y pedirle al Santísimo que durante los días de la Cumbre las autoridades no los siguieran molestando, Pedro y Tomás se dirigieron hacia la iglesia de Santo Toribio, en el tradicional barrio de San Diego, diagonal al parque Fernández de Madrid.

-    Definitivamente, qué hermosas son nuestras iglesias -comentó Tomás. - Y pensar que en el solo Getsemaní hay tres, pero hubo otras más, como la que quedó en el antiguo teatro Colón.

-    Si por el número y belleza de sus iglesias fuera, Cartagena debía ser una santa -pensó Pedro en voz alta.

Al salir de la iglesia, la séptima y última que habrían de visitar esa noche, los  inseparables amigos vieron a un numeroso grupo de caminantes, entre quienes creyeron ver a varios conocidos.

-    Hola, Rochi -saludó Tomás a la bella mujer que llevaba la voz cantante en el grupo - ¡te queda hermoso el nuevo look! - le dijo casi al oído, luego de lo cual, dando un paso atrás, le tiró un sonoro beso.

Se refería el veterano pescador al corte de cabello que engalanaba a la distinguida joven, quien sonrío -discreta, señorial - ante el galante gesto.

-    ¿Y esos otros quiénes eran? -preguntaría Pedro después, luego de que el grupo hubiera desaparecido por entre la multitud que se aglomeraba en los alrededores del parque Fernández de Madrid. - Solo me acuerdo de Rochi y de Eva.

-    A uno, el que iba adelante, le dicen Rubencho, y a otra, la que iba al lado de Rochi, le dicen 'La Princesa' -respondió Tomás - a los demás no los conozco, pero esos deben ser médicos porque Rosario les decía a todos mis 'doctores'.