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Los liquidadores
Por Horacio Cárcamo Álvarez *

* Abogado, especializado en Derechos Humanos. Esxsecretario de Educación de Bolívar
El 26 de abril de 1986 en la central de energía de Chernóbil un reactor nuclear hizo explosión. La tragedia no tenía antecedentes en la historia de la explotación civil de la energía nuclear, con efectos impredecibles por cuenta de la radiación.

El daño en Chernóbil fue de tal magnitud que se le considero igual al de quinientas bombas atómicas como las que estallaron en Hiroshima y Nagasaki; la solución final fue aislar el reactor del exterior sepultándolo en un sarcófago y cerrar la central nuclear para siempre. Lo primero se logro con la exposición  de los liquidadores, voluntarios con alto grado de patriotismo, a quienes  se le asigno semejante tarea. Ucrania y el mundo les deben a ellos el que las consecuencias no hayan sido mayores para la humanidad y el medio ambiente.

Hasta el jueves los colombianos estuvimos en estado de pánico por una eventual explosión constitucional. El acto legislativo de reforma a la justicia aprobado por el Congreso de la República, puso en estado de alerta al gobierno nacional, órganos de control, rama judicial y, muy activamente, a la sociedad civil, la cual había iniciado la recolección de firmas  para a través de un referéndum exterminar el monstruo reformatorio.

Las objeciones que el presidente Santos hiciera a la criatura por inconstitucional e inconveniente, y para fortuna del país, el acatamiento que de ellas hicieran  los partidos políticos responsables del engendro, con excepción del Polo Democrático, permitió desvanecer los miedos de la sociedad, las autoridades, el mundo de la academia y del pensamiento libre. La sola posibilidad de imaginar que tamaño despropósito pudiese tener vida jurídica y aplicación efectiva dañaba la inteligencia.

La tal reforma en nada beneficiaba la eficiencia, eficacia y democratización de la justicia, más bien parecía un altar al cinismo y un culto a la impunidad, por lo menos, así lo entendió la sociedad indignada por la abolición del régimen de inhabilidades  de los congresistas y el aforo de los secretarios de  Cámara y Senado, algunas de las perlas del rosario de la desfachatez que motivo el empute del pueblo.

Como en Chernóbil el pueblo de manera libre, espontánea  y patriótica asumió el rol de liquidador. Demostró el poder de la movilización, la fuerza de la indignación, y con la ayuda del Presidente de la República sepulto en un sarcófago el adefesio de la reforma. Al Congreso de la República no le quedo de otra; enterrador de su propia aberración; y por mucho que sus integrantes se esforzaron en demostrar que no lo hacían bajo la presión de la sociedad civil no lo pudieron lograr. El linchamiento moral, era por lo menos, para ellos el mayor de sus turbaciones.

En Chernóbil aún no se sabe el verdadero daño de las radiaciones nucleares; En Colombia los efectos del que se le pudo causar al orden constitucional, y al Estado de Derecho, tampoco; la posibilidad de objetar actos legislativos no está contemplada  en la Constitución Política.

Sofocada la intimidación de la reforma a la justicia resulta paradójico el hecho de la necesidad que hubo de ofender y ultrajar la Constitución Política para poder preservarla.





horaciocarcamoalvarez@yahoo.com

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