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El poder, ¿para qué?
Por Germán Osorio Buelvas *

* Sicólogo
Poder. La naturaleza de lo público. El 'poder público' en Colombia se divide en ejecutivo, legislativo y judicial. Sociales de quinto de primaria. Y se habla de la prensa como el cuarto poder. "El poder para qué", dijo el maestro Echandía alguna vez.

Si hablamos en los corrillos profesionales, el poder suena a Calígula, Hitler… Da escalofríos; pero… ¿Qué es en realidad el poder? ¿Y por qué tomo el concepto como eje de este escrito?

Mi motivación parte de que, precisamente, en Cartagena, como tal vez en todo el país y más allá, hay muchísimos malentendidos sobre lo que es la naturaleza del poder. Dichos malentendidos se tornan dañinos y perjudiciales para la sociedad si entendemos que juegan un importantísimo papel a la hora de votar por un personaje para un cargo de elección popular. Me gustaría -pues - referirme en esta ocasión a dos 'mitos' populares, o prejuicios, que rodean al concepto de poder.

Un gran mito, nocivo de fondo pero cargado de 'buena intención', es asimilar la administración pública a la privada. Se cree que un buen alcalde o gobernador debe ser un buen gerente. Grave error, porque el estado no se administra, ni las empresas se gobiernan en un sentido básico. Se administra la propiedad privada que, aunque sea de un grupo, siempre tendrá un líder natural o accionista mayoritario que desequilibrara la balanza de lo objetivo. Por más "científicos" que sean los argumentos que apoyen una toma de decisiones, el líder puede y debe descartarlos o no, según su criterio. El error, en caso de existir, le cuesta a la empresa; es decir, directamente al dueño o dueños. El Estado, en cambio, no es privado, claro está; es público. Per se, no produce ganancias o utilidades; se financia de los impuestos. La "junta de accionistas" somos todos, querámos o no. Al ser de naturaleza gastadora, y no productiva,  el factor "gerencial moderno" fracasará contundentemente para el gobernante elegido en el manejo de lo público. Con contadas excepciones, es decir, salvo aquellas instituciones que "producen" bienes concretos no tangibles, como por ejemplo salud y educación, las esferas de poder del Estado que deciden deben dedicarse a gobernar y no a gerenciar. Gobernar es, básicamente, usar el poder que tales cargos confieren, para procurar el bienestar de los ciudadanos que tributan; administrando los recursos públicos de forma que se construya con ellos un tejido social eficiente que le brinde al ciudadano lo que él no pueda producir para sí mismo (salud, educación, oportunidades). En síntesis, gerenciar es producir, y gobernar es gastar.

Respondiendo entonces en un sentido sensato a la pregunta, el poder político, es para hacer 'algo' con los recursos públicos. El "qué hacer" con esos recursos, da origen al segundo mito: La objetividad en la política. Si le preguntamos a todos los habitantes de un municipio qué hacer con el dinero que tributan, las respuestas que obtenemos invariablemente se referirán a su visión de Estado. Lamentablemente, aunque el asunto de visión en lo privado es bien demarcado, en lo público obedece al campo de los sueños, la filosofía, la especulación debido a que… No todos somos administradores, y todos tenemos derecho a opinar. Y la realidad es que, para muchos, la visión es equiparable a los sueños. Lamentablemente -digo - para fines pragmáticos; en el caso de nuestro municipio ficticio, tendríamos las más diversas posibilidades. Hasta de agua gratis alguien ha hablado. Personalmente, simplemente acepto que esto es así. Y por tanto acepto que nunca, por más ciencia que se aplique, estaremos todos de acuerdo en lo que es correcto. Alimentar la idea de que hay un modo correcto de hacer las cosas en lo público, basándonos en la demagogia y los discursos, así vengan de las aulas e incluso de ungidas palestras, es igual de grave para la democracia que alzarse en armas para imponer una idea.

El poder es, pues, para servir. Y esto se puede hacer bien o mal. Y hay que respetar a quienes lo hacen "mal" a nuestros ojos. Respetar la vida y las ideas. Denunciar, eso si, criticar muy duramente si se quiere, pero con hechos. Atacar con el debate al adversario, generarle sanciones, despojarlo del poder si hubiere lugar… Si creemos en la democracia. Porque la misma democracia debe generar opciones donde todos participemos. Si el poder, que es para servir, no se autorregula, la democracia se vuelve fallida.

La historia del país y la ciudad nos muestra un ejercicio de poder humano a partir de balas, amenazas y demás métodos que pasan por encima de la persona. Pero todavía podemos soñar con un poder democrático, donde nadie pase por encima de nadie. Y ese sueño o visión lo tenemos todos.   


geosbu@hotmail.com


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