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Cartagena, se ha dicho, es una bomba social. De tanto repetirlo, como pasa con otros vocablos, pierde su capacidad de expresarnos la idea completa. A lo sumo una explosión de pirotecnia en sus noches de fiestas ajenas en las plazas públicas del Centro Histórico.

Durante unos 15 años la ciudad ha soportado cifras de desempleo y pobreza que se disminuyen con tecnicismos y declaraciones mediáticas, pero que va marcando sus tasas mes a mes, ante los ojos de todos los entendidos, todos los “desconocedores” y en la dieta de los indiferentes que no tienen capacidad para descifrar el fenómeno que los agobia con una palabra diferente: desempleo. En este mismo lapso la ciudad sufrió una gran transformación tanto en lo institucional como en la profundidad de su estructura social que la ha mantenido en una polarización creciente. El nivel de concentración del ingreso y la riqueza medidos por el índice Gini lo muestra así: más del 0.56, superior a la media del país. Si alguna duda cabría, los datos de la red pública hospitalaria que protege la población del régimen subsidiado y a la población sisbenizada a la cual no llegan los subsidios a la demanda, nos darían la razón: en total más de 600.000 cartageneros de estratos bajos. Es decir, de una población cercana a 1 millón de habitantes, el 60% al menos, es reconocidamente de forma oficial como pobres. Por eso hablo de tecnicismos y sistemas de medición tipo Necesidades Básicas Insatisfechas - NBI, o el de Línea de ingreso. En ambos casos la pobreza estaría en menos del 25% y 35% respectivamente.

Una ciudad con esos niveles de pobreza debe utilizar todos los recursos de manera prioritaria a esa situación. Sin embargo, administración tras administración, gastos de niveles comprometedores de sus presupuestos han estado orientados a afanes importantes pero de menos prioridad social. Así, con el argumento de la competitividad, la apertura y demás teorías, válidas todas en contexto general, Cartagena deformó su paisaje urbano con obras del tipo del Corredor de Carga, Transcaribe y el Túnel de Crespo, por ejemplo. Fue la forma como se adecuaba la ciudad institucionalmente a los cambios generados por la Constitución de 1991, y que llevó a la privatización de las antiguas Empresas Públicas, la venta de Telecartagena y la contratación de los servicios de salud y de educación, con el argumento ético de luchar contra la corrupción. Loable intención pero fatales consecuencias. El Corredor de la muerte se hizo macabramente famoso, mientras la calidad de la educación no hace figurar las escuelas públicas en niveles siquiera medios de calidad de las escuelas públicas colombianas. Lo complementariamente claro es que no se han creado empresas que generen el cúmulo de empleos que se perdieron por el cierre o privatizaciones, por lo menos empleos sustentables y de calidad, no la precarización que se volvió lugar común con los impactos en lo local d las reformas laborales de 1994 y de 2002.

Aunque escasos, los recursos que fiscalmente genera la ciudad y los que le provienen por transferencias o de las regalías, deberían impulsar políticas de ingreso que reanimen la demanda interna local. La ciudad no será competitiva si su recurso humano no lo es. Esa debería ser una política local que mantenga vigencia por encima de los cambios administrativos de la ciudad que se presentan cíclicamente por efectos de las elecciones populares. Y es una política que debe tener un estartazo que se inicia por la utilización de su propio recurso humano. Cartagena es una ciudad con más de 15 universidades presentes que tienen programas tanto de pregrado como especializaciones, maestrías y doctorados, además, muchos cartageneros han desarrollado sus estudios en reconocidas universidades tanto nacionales como internacionales que luego han regresado a su ciudad. ¿Qué sentido tiene contratar con empresas que son foráneas y que por lo tanto no generan sus gastos mayores en la ciudad si no en las propias de origen, succionando así un circulante que la economía local requiere para su dinamización?

El último informe de Mercado laboral del DANE, del mes de mayo, muestra que la tasa de desempleo de Cartagena sube por encima del 13.1%; nuevamente por encima de dos dígitos, pero ahora con el agravante de ser superior al 12.5% anterior, mayor que el promedio de las 13 aéreas metropolitanas en 0.6% y de 0.7% de las 24 ciudades más importantes del país.

* Economista y profesor universitario
Cartagena, una bomba social
Fredi Goyeneche González *

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