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Debate sobre ética periodística
Verdad y objetividad, ¿meras mercancías?
Capítulo VII
Y entre los temas que mayores controversias han generado, claro está, figura el de los periodistas mercenarios al servicio de los gobiernos de turno.

Tal como fue reconocido por varios analistas, el asunto ha sido debatido a profundidad en numerosos foros internacionales, y sobre tal práctica ha existido consenso en cuanto a la necesidad de denunciarla y combatirla de manera decidida.

Hace algunos meses, la denuncia sobre diez periodistas de Miami que desde hace años recibían dinero del gobierno de Estados Unidos para escribir y publicar artículos contra la Revolución Cubana fue tema de un acalorado debate. Según se supo, la mayoría de los comunicadores denunciados eran cubanos exiliados, entre los cuales figuraba Carlos Alberto Montaner, prófugo de la justicia cubana, a quien se acusa de hacer parte de operaciones de desinformación del gobierno de Bush.

De acuerdo con el periodista boliviano Alfonso Gumucio, este tipo de individuos existen en todo el mundo, ya que "los periodistas sin ética son una mercancía barata, que se compra y se vende fácilmente". En su artículo "Cuando las ideas se someten al poder, Periodistas sin ética", Gumucio cita el caso de Donald Zavala, quien, al lado de decenas de otros comunicadores bolivianos, recibía dineros de gobiernos militares para escribir en calidad de mercenarios.

Para Alfonso Gumucio, "es difícil averiguar quienes son los que reciben plata de los gobiernos, pues los que se venden y quienes los compran se encargan de que no quede huella". Según el periodista, "el tema de la ética y moral en el periodismo va más allá de estos casos aislados, que son comunes cuando las ambiciones políticas son grandes. Sin duda es más fácil alinearse con el poder que con el análisis independiente".
 


EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO:
Cómo es el fenómeno en otros países. Lo qué ocurre en Cartagena en época preelectoral. El caso de periodistas al servicio de causas políticas pagados por los gobernantes de turno.
corrompa. Los salarios miserables que pagan muchos perióodicos, con todo y que son injustos, no le dan luz verde a nadie para envilecerse, ni para menospreciar la profesión ni para pisotear los derechos de los lectores.

Pobre del periodista que sólo piensa en la justicia de su estómago. Sí, claro, sus necesidades y las de su familia merecen toda la consideración del mundo, pero no valen más que el derecho de la mayoría a ser informada con veracidad, con rigor y con respeto. Quienes esgrimen los malos sueldos como argumento para aceptar dádivas de las fuentes o para poner sus necesidades particulares por encima del interés público, no merecen ejercer la profesión. Así de simple. Si el periodismo les parece desventajoso, ¿por qué insisten? ¡Pónganse a comerciar limones, o barran parques, o vendan refrescos en la playa! Pueden jurar que no me refiero a estos oficios en forma despectiva: al contrario, realizarlos con dignidad es preferible a ser un periodista que, en aras de una inconformidad mal asumida, hipoteca su conciencia.

El periodista que no piensa en los beneficios del público sino en los intereses de sus fuentes, es comparable con el médico que practica abortos clandestinos, con la enfermera que se roba los instrumentos quirúrgicos del hospital, con el policía que aprovecha su investidura para delinquir, o con el abogado litigante que se tuerce. La ética profesional, repito, no es un asunto de estómago. Es observar unas normas de conducta que garantizan el respeto de los derechos de la sociedad. Nada más y nada menos.

Todas estas impresiones han sido ampliamente comentadas. Y también se ha dicho hasta la saciedad que los malos salarios - aunque no justifican la corrupción - sí influyen en ella. Sería ingenuo pretender lo contrario.

Lo que no se ha dicho, en cambio, es que las faltas contra la ética no son un pecado exclusivo de reporteros famélicos y mal pagos. En nuestra región, por razones gramaticales extrañas que valdría la pena averiguar, le llamamos "varilla" a la acción turbia del periodista. Pues, bien, mis amigos: también hay "varilleros" de cuello blanco, o de estrato seis. Mientras esto no se diga, el debate sobre la ética será incompleto y tramposo. No propongo polarizar la discusión en términos clasistas y bizantinos. Tampoco propongo justificar el problema diciendo que está generalizado. Ya lo decían las abuelas: mal de muchos, consuelo de tontos. Creo, sin embargo, que mirar el asunto en su verdadero contexto, es un acto de elemental sensatez.

Conozco el caso del director de un periódico de provincia que escribía editoriales bobalicones en primera página, sólo para saludar al presidente de la República cuando llegaba a la ciudad. Su bochornosa sumisión le fue premiada con un consulado en Europa para su hijo. He visto directivos de medios de comunicación con hermanos favorecidos burocráticamente, en Colombia o en el exterior. Los he visto como ministros, como contratistas públicos, como consejeros. Y también he conocido a algunos que utilizan sus columnas como navajas afiladas para atacar al gobernante, pero en cuanto les ofrecen un puesto se convierten en borregos de espanto. Entendámonos, entonces: ¿cuando la falta la comete un reportero raso es "varilla" pero cuando la comete un pez gordo es un "servicio a la patria"? 

A principios de los años 90, El Tiempo utilizó en un editorial la metáfora de "la puerta giratoria" para señalar que había una demarcación estricta entre la carrera política y la vocación periodística. Esa puerta, según el editorial, no tenía retorno. Es válido que un periodista la atraviese, pero no que - una vez se le acaba la chanfaina -- se devuelva a la sala de redacción o a la columna habitual, como si nada. Y menos que salte permanentemente de un lado al otro, como una cínica pelota de ping pong. ¿Me van a decir que no han conocido ustedes a trapecistas de esta índole?

Para que empecemos a hablar de ética en una forma coherente, es necesario partir de una premisa justa: todas las faltas - y no sólo unas cuantas -- son condenables.  Bien dijo Norman Sims que los periodistas han olvidado su deber esencial de servirle a la gente, por andar pendientes de las migajas que sobran en el pastel del poder.

Tal como ha venido ocurriendo tras cada aparición de El Metro, las notas sobre ética periodística que se han venido publicando bajo el título de "Verdad y objetividad, ¿meras mercancías?" han generado un verdadero  alboroto  entre algu-
nos comunicadores sociales de Cartagena, varios de los cuales consideran que se está siendo injusto con colegas cuyo único pecado es no tener otro medio de subsistencia que  un  progra-
ma radial de media hora en una emisora AM de la ciudad.

¿Y las otras formas de la "varilla"?

Parodiando a Joseph Goebbels, aquel legendario carnicero del nazismo alemán, se podría afirmar que algunos periodistas, cuando oyen hablar de ética, sacan su pistola. Les molesta el tema, acaso porque lo consideran peligroso.

Creo que en Colombia siempre ha estado sesgado el debate sobre la ética periodística. Se ha dicho que en muchos lugares, especialmente en las ciudades pequeñas, hay reporteros rasos que se pervierten porque combinan su función periodística con la de vendedores de publicidad. Eso es cierto. Se ha dicho que abundan los periodistas que en la claridad redactan noticias y en la oscuridad extienden la palma de la mano para recibir un cheque ignominioso por sus servicios mercenarios. Eso también es cierto. Se ha dicho que hay informadores a sueldo de personajes dudosos. ¡Cierto, mil veces cierto!

Nada  justifica  - se repite una y otra vez --  que  un  reportero  se
Alberto Salcedo Ramos
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Vea otros capítulos:
Capítulo 1. - De cómo, en un sector del periodismo local, particularmente en ciertos noticieros radiales,  los méritos reconocidos a un funcionario suelen ser proporcionales al 'sobre' o la cuña que se reciba. O peor aún, de cómo la honra de una persona está ligada a la suma de dinero que un enemigo de la misma esté dispuesta a pagar.
Capítulo 2. - "La Voz del Sinchi", un singular relato sobre una extorsión periodística (en "Pantaleón y las Visitadoras", de Mario Vargas Llosa), que retrata de cuerpo entero varios casos locales.
Capítulo 3. - ¿Deben los periodistas tomar partido de cara a unas elecciones? Qué piensan sobre el tema ciudadanos del común y reconocidos articulistas locales.
Capítulo 4. - ¿Cuántos empleados tiene y cuál es el presupuesto de la Oficina de Prensa de la Alcaldía? Un somero estudio de cómo se maneja la dependencia que tiene entre sus objetivos mostrar a la ciudadanía las acciones del Ejecutivo, pero que, de acuerdo con los resultados de una gran encuesta contratada por el proyecto Cartagena Cómo Vamos, ha sido un rotundo fracaso.  
Capítulo 5. - ¿Qué puede hacerse desde la Academia y los propios medios para corregir el rumbo y recuperar la credibilidad perdida? Comentarios y sugerencias de políticos, dirigentes cívicos, académicos y periodistas.
Capítulo 6. - Los casos de periodismo mercenario en Cartagena han sido tema de debate en diversos foros. Según el periodista boliviano Alfonso Gumucio, este tipo de individuos prolifera porque "los periodistas sin ética son una mercancía barata, que se compran y se venden fácilmente".
Capítulo 8. - Cómo es el fenómeno en otros países. Lo qué ocurre en Cartagena en época preelectoral. El caso de periodistas al servicio de causas políticas pagados por los gobernantes de turno.
Capítulo 9. - Los periodistas mercenarios en Cartagena. Cuánto gastan las dependencias de la Alcaldía en varios comunicadores que, como señala la sabiduría popular, "tienen una toalla mojada en la boca".
Capítulo 10. - Cuánto pagó en 2007 la Alcaldía, por supuestos servicios publicitarios, a varios periodistas cuya labor más visible fue la defensa ciega y apasionada de su desprendido contratante. El caso, que es  mostrado en varias universidades como ejemplo de violación a la ética periodística, ha sido puesto ya en conocimiento de los órganos de control.
Capítulo 11. - El tema de la pauta oficial sigue siendo objeto de debates en diversos escenarios. A qué se comprometieron el gobernador de Bolívar y la alcaldesa de Cartagena, en el denominado Pacto de Auditorías Visibles y Transparencia, en materia de campañas publicitarias.
Capítulo 12. - Desde la perspectiva de varios estudiantes de las facultades de comunicación social de las universidades de Cartagena, Tecnológica de Bolívar y Jorge Tadeo Lozano, un análisis del periodismo radial que se practica en Cartagena.
Capítulo 13. - De cómo el veterano periodista Pablo J. Caballero confiesa que él, todos los años, se rebusca postulando un funcionario como "personaje distinguido", y de las razones por las cuales presentó a su colega Hundelshauseen al abogado Santamaría.
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Abril de 2007