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Del control social a los controles fiscal, disciplinario y penal
En distintos textos han quedado registradas reacciones de individuos que, a través de la historia, han sido acusados de crímenes de la más variada naturaleza. 'Dos Pistolas' Crowley, quien en 1937 fue señalado de ser uno de los asesinos más despiadados de los Estados Unidos, escribió en la hoja de un arrugado papel, mientras la policía de New York lo tenía rodeado en un lujoso apartamento cerca de la avenida West End donde estaba a punto de capturarlo, que él era incapaz de herir a nadie. "Tengo aquí en el pecho un corazón bueno, un corazón generoso, un corazón que a nadie le infringiría ningún daño", anotó el hombre a quien las autoridades de la época sindicaban de haber asesinado, a sangre fría, a varios agentes estatales.

Pero si Crowley no es muy conocido en nuestras latitudes, sí deberá serlo Alphonse Gabriel Capone, quien en varias películas ha sido presentado como uno de los más siniestros capos de las bandas criminales de Norteamérica. Al Scarface Capone o simplemente Al Capone, como es más conocido, fue considerado en los Estados Unidos como el Enemigo Público Número Uno. Según cuentan, tenía pocos enemigos porque quienes lo fueran no duraban vivos mucho tiempo. Ese hombre, sin embargo, jamás reconoció haber hecho daño a alguien. Por el contrario: se consideraba un benefactor de todos; un hombre con una gran sensibilidad social. "He pasado mi vida sirviéndole a la gente y lo que hacen es perseguirme", dijo la vez que fue acusado de un delito menor.

De acuerdo con sicólogos, sociólogos y otros estudiosos de la naturaleza humana, el fenómeno no es exclusivo de los grandes criminales de la historia. En cárceles de varios países se han realizado estudios sobre el tema y, por regla general, al margen del número o la gravedad de los delitos cometidos por cada individuo, lo común es que éstos se sientan inocentes o, al menos, que tuvieron una razón justa para hacer lo que hicieron. Los alcaides de Sing Sing, la cárcel donde son recluidos los más peligrosos criminales del Estado de New York, no terminan de sorprenderse de que la mayoría de los presos se consideran hombres buenos.

Si ello fue lo que aseguraron 'Dos Pistolas' Crowley y Al Scarface Capone y afirman los reclusos de las penitenciarías de casi todo el mundo, ¿cómo no entender lo que dicen -y suponemos que también piensan- los funcionarios a quienes no se les acusa de asesinar a nadie, pero sí de no haber sido diligentes con la administración de los recursos públicos puestos bajo su cuidado?

Si muchos de los peores criminales negaron hasta el último momento la comisión de algún delito, o intentaron justificar las razones por las cuales perpetraron los pocos que aceptaron reconocer, ¿cómo no admitir que algunos servidores públicos, con argumentos sinceros o falaces, intenten explicar que los precios de los servicios o bienes que pagaron sí son los justos; que el hecho de haber contratado a dedo no viola ninguna Ley; y disponer de unos recursos en asuntos suntuosos y no en los prioritarios es totalmente correcto?

Pues claro que la ciudadanía debe aceptar que se le intente explicar lo que los funcionarios consideren. Éstos tienen todo el derecho. Pero los ciudadanos tienen de igual forma otro derecho: el ejercicio del control social, el cual les permite entender o no -y aceptar o no- dichas explicaciones.

En todo caso, los que tienen la responsabilidad de determinar si una entidad del Estado pagó lo correcto por un bien o servicio; si un contrato pudo ser adjudicado a dedo o debió someterse a un proceso licitatorio; o si unos recursos fueron o no ejecutados de acuerdo a la Ley, son los órganos de control, y es a éstos a los que corresponde adelantar las investigaciones correspondientes. 

Y, en estos casos, no se trata sólo de un derecho. Es, sobre todo, un deber

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