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Se me antoja pensar que uno de los grandes enemigos de la libertad de prensa, en el caso de Cartagena de Indias, es el hecho de que un colega periodista haya llegado a ocupar un cargo reservado a personas con, al menos, "alguna" experiencia administrativa.

Si bien el paso democrático está dado, es decir, Campo Elías es indefectiblemente el alcalde, lo más prudente para nuestro colega es limitar el uso del micrófono. No hay nada más peligroso que un pederasta dirigiendo una escuela para niños y niñas autistas, como también nada más imprudente que designar a un asesino en serie como director de un convento de monjitas indefensas.

Quizás los ejemplos parecen traídos de los cabellos. Es probable. Pero intento significar que Campo Elías imperiosamente debe marginarse, lo más posible, del uso frecuente del micrófono. Su cercanía -con el bendito micrófono- lo hace pensar aún como periodista y no como gobernante. Es necesario romper ese cordón umbilical y dejar en claro que quien gobierna la ciudad es Campo Elías, el alcalde, y no Campo Elías, el periodista, aunque conozcamos su procedencia.

Sin ese alto en el camino seguiremos viendo a Campo Elías como aquel que despertaba a las cuatro de la mañana, para situarse frente a un micrófono a las cinco, con el propósito de hablarle a la ciudad a través de su afamado noticiero radial, seguramente después de consumir docenas de mandarinas, que muy buenas deben ser para bajar el colesterol de los ánimos alterados.

A quien queremos ver en el Palacio de la Aduana es al mismo hombre curtido de pueblo, y aparentes buenas intenciones, que despierta a las cuatro de la mañana y a las cinco está sobre un potro cerrero llamado Cartagena de Indias, ciudad con tantas necesidades por resolver, dispuesto a trabajar con su equipo inmediato de asesores en la búsqueda de solución a los problemas más sensibles de la urbe.

Las funciones inherentes al periodismo Campo Elías debe reservarlas a sus asesores. Una oficina de prensa y comunicaciones, con periodistas de amplia trayectoria como los que tenemos,debe cumplir ese trabajo. Sin embargo, ¿no alcanzo a imaginar lo duro que debe ser para un cuerpo de periodistas profesionales trabajar con un alcalde de la misma procedencia?

Entiendo que "la cara del santo es la que hace el milagro", pero los colegas que frecuentan la Alcaldía en busca de noticias tendrían que entender que Campo Elías no siempre puede ni debe hablar. No se trata de ponerle un bozal al primer mandatario de los cartageneros. Empero, limitar su protagonismo frente a los micrófonos podría ser una opción interesante para una sana libertad de prensa.

No el que habla mucho es más sabio que quien calla cuando debe. Campo, es hora de callar…


* Periodista
Campo, es hora de callar
Por Daniel Castro Peñaloza *

     OPINIÓN