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“¿Por Pardo?” Fue la frase con que durante el primer mes de campaña, reaccionaron más de un par de conocidos, cuando respondí a su pregunta sobre por quién iba a votar a la Presidencia el 30 de mayo.

Estoy segura de que a muchos de los que me conocen no les temblaría la voz para definirme como alguien que no se calla una injusticia, que le gusta jugar limpio y que persigue el cambio de estos indignos sistemas social y político contemporáneos, más que a cualquier hombre.

Pero fue sólo hasta esta campaña presidencial que surgieron entre mi círculo de amigos cuestionamientos sobre ¿por qué desde el Partido Liberal?, ¿por qué apoyando a un candidato que es un político tradicional?

Debo confesar que al principio llegué a ofuscarme. Era obvio que algún par de razones válidas debía guardarme. Sin embargo, me tocó soportar señalamientos, asimilaciones y hasta un correo de una amiga del colegio, en el que decía que si por ella fuera “escupiría sobre las tumbas” de varios personajes que, más que por ilustres liberales, merecen ser reconocidos como próceres nuestra adolorida Patria.

“¿Por qué el Partido Liberal?” Para responderles esta pregunta, me referí al fútbol. Un hincha de Junior o de Millonarios celebra cuando el equipo gana, llora y hasta “madrea” a los jugadores cuando pierde; pero nunca deja de reconocer que por alguna razón bastante poderosa, pierda o gane, ese siempre será su equipo.

Mi militancia en el Partido Liberal no es caprichosa, hereditaria o beneficiosa. Llegué en la peor época; pasada la gloria, llegadas la desconfianza de la gente y la persecución. Mis papás eran víctimas de la fiebre “uribista” y yo, recién salida del cascarón, no tenía más vínculos con el rojo que el gusto de mi abuelita materna por “El América” de Cali. Por muy “ladrilludo” que suene, soy liberal por identidad total con la ideología del Partido.

Son pocos los jóvenes que a mi edad se toman el tiempo para definirse políticamente. Nos cuesta demasiado estructurar siquiera un bosquejo de “plan de vida” y no nos va a costar identificar nuestra postura política. Yo la tengo clara, por eso me auto-reconozco como socialdemócrata y por eso, llegue el morado, el naranja o el verde, mi color favorito siempre será el rojo.

También es complicado recordar una historia que uno no ha vivido. Es complicado no reconocerle al mismo Partido que uno descarta por ser ”tradicional” el haber obtenido conquistas como la educación pública o el voto para las mujeres; pero eso no es culpa de los jóvenes sino de quienes les cuentan la historia haciendo énfasis en el 8.000 o en la necesaria (pero penosamente negociada) apertura económica.

Frente a la pregunta sobre ¿por qué por Pardo? podría citar las razones a las que cualquier simpatizante tendría que referirse: Es un hombre con una hoja de vida intachable, muy preparado y con experiencia; sin haber llegado a la Presidencia ni estar ocupando cargo público demostró estar comprometido con una Colombia justa cuando apoyó las denuncias sobre la olla podrida de Agro Ingreso Seguro o cuando solicitó formalmente a la Corte Constitucional declarar la inconstitucionalidad de los decretos de emergencia social.

Sin embargo, y a pesar de todas estas poderosas razones, hay una en especial que es la que definitivamente motiva mi voto por Pardo. He tenido la oportunidad de compartir con él situaciones en las que ha enseñado a los jóvenes liberales que la vida como dirigentes no es un paseo y que la única forma de justificar nuestras aspiraciones y pedir el respaldo a la gente es entregando hasta la última gota de sudor por la defensa de sus derechos. Es consciente del papel protagónico de la juventud en la construcción de un futuro diferente para nuestro país, y desde el Partido nos ha demostrado su intención de impulsar el surgimiento de un liderazgo nuevo, libre, coherente y estructurado; apartado de modas y clientelismos.

Por eso, porque está consciente de que los jóvenes estamos listos para gobernar, ¡mi voto es por Pardo!



* Estudiante de posgrado en Universidad de Cartagena

Marzo de 2010


Mi voto por Pardo
Por Rosa Montero Torres *

     OPINIÓN