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"¡Pueblo indolente! ¡cuán distinta sería vuestra suerte si conocieseis el valor de la libertad! Pero no es tarde. Ved que, aunque mujer y joven, me sobra valor para sufrir esta muerte y mil muertes más, no olvidéis este ejemplo…" "Miserable pueblo, yo os compadezco; ¡algún día tendréis más dignidad!"  Exclamaba fervientemente Policarpa Salavarrieta sobre el patíbulo, lista para ser fusilada en 1817.Lo hacía frente a un pueblo sumiso, entregado, espectadores pasivos de cómo los españoles, motivados exclusivamente por la avaricia, arrasaban con la dignidad y deseos independentistas, ayudados incluso por soldados nacidos en Santa Fe, quienes trataron de persuadir a la Pola para que pidiera perdón y así su vida fuera perdonada.

Cuanta vigencia y aplicabilidad tienen hoy estas palabras en Cartagena, ciudad guerrera, icono de la historia nacional por su valentía, que hoy no tiene como enemigos a los españoles; se tiene como enemigo a sí  misma. Al igual que sucedió en tiempos de la Pola, el pueblo de Cartagena yace pasivo ante una clase política que la pisotea y simplemente la utiliza para satisfacer su avaricia; estas son las cadenas que actualmente no nos permiten avanzar y perpetuán la pobreza como prenda de garantía de la idoneidad de la corrupción.

El servidor público es, por definición, una persona con vocación de servir al pueblo, por lo tanto el amor hacia los que dirige es un requisito esencial de honestidad y entereza en su labor, así que resulta ser inconcebible que a un dirigente le sea indiferente los maltratos que su pueblo recibe, tal como lo demostró el alcalde Vélez frente a las infamias expresadas por quien colocó a dirigir el tránsito distrital. 

Lo acontecido refleja lo alejado que está la administración del pueblo; ese divorcio entre cartageneros y dirigentes, pertenecientes a una minoría con ínfulas de superioridad, resulta ser lo más denigrante de la democracia local; la gran mayoría de la sociedad cartagenera se entrega sumisa a los designios una muy reducida minoría, que no solo la explota sino que además -ahora - la insulta y humilla.

La apología a la ideología Nazi, en la forma como lo hizo el director del DATT, no solo es un insulto hacia el pueblo judío, al pueblo cartagenero y a la historia; es un reflejo preocupante de una personalidad capaz de recurrir a cualquier método para alcanzar el fin propuesto.

El director del DATT pidió perdón, aplaudo eso, pero ¿será que semejante ofensa, proveniente de un servidor público a la ciudad que sirve, se subsana simplemente con unas disculpas? ¿Será que al ser nombrado director del DATT ya ese pensamiento desapareció de su mente con el estampado de su firma en el acta de posesión? O, simplemente, ¿las excusas presentadas fueron lo único que se le ocurrió al alcalde para mantener en el cargo a su funcionario?

Pueblo de Cartagena, ojalá algún día, como fue el deseo de la Pola, tengamos más dignidad, no solo porque las personas de raza negra, que amamos nuestra cultura y las distintas expresiones de esta, merecemos respeto como lo merecen todos, independientemente de su ideología, raza o condición social, sino porque somos mayoría, una mayoría absoluta; los que, según los dictámenes de la democracia, deberían tener en sus manos los destinos de la ciudad. Ojalá algún día conociéramos el valor de la libertad, la libertad para determinar nuestro futuro con fundamentos en las necesidades de todos y no con base en las ambiciones de unos pocos.    





* Abogado.
Especialista en Derecho Penal y Criminalogía
y en Derecho Administrativo.


anthonysampayo@hotmail.com


Agosto de 2013
¿Y la dignidad del pueblo?
Por Anthony Sampayo Molina *

     OPINIÓN
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