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Resulta apenas natural y lógico que los recientes informes relacionados con la casa García, haciendo un compendio de su poder e influencia en todos los niveles de la política, generen un efecto desmotivante en una sociedad que, como la cartagenera, viene luchando de tiempo atrás contra el monopolio político, encarnado en algunos seudo-caciques locales que son manejados como títeres por poderosos e influyentes personajes. Figuras casi míticas y que pocos han visto, pero que, dada la constante presencia que durante años han tenido en la política local, ya toda la comunidad sabe de quiénes se trata. 

Comprensible la frustración que aflora inatajable ante revelaciones de fiestas y cocteles en los cuales confluye la presencia de personajes que de alguna forma encarnan la esperanza actual de un pueblo, como lo son nuestros procurador general de la Nación y contralora general de la República, junto con el 'jefe' de la familia García, frustración que se convierte casi en absoluta desesperanza cuando nos enteramos que el anfitrión de dichos agasajos resulta ser el mismo controvertido cacique político, quien pasea por el brazo al presidente Santos por cada uno de los 'subgrupos', compuestos por individuos que sostienen elegantemente copa de fina champaña, y que  se que van formando al interior de esas "refinadas" reuniones conforme lo determinen sus intereses.

Ante semejante escenario, ¿quién no pierde la esperanza? Pues comencemos por lo obvio, la presencia y actitud de nuestro flamante presidente en esos escenarios no nos debería sorprender, alguien cuya falta de carácter y criterio resulta indiscutible, es normal que se preste para cualquier juego político después de que se le desenrede la ya muy poca segura reelección.

Pero, por otra parte, no podemos perder de vista que nosotros, como sociedad, contamos con un arma letal capaz de acabar con esa repartición del Estado en cocteles capitalinos, incluso a veces, en alicoradas y desordenadas parrandas en suntuosas fincas y haciendas caribeñas construidas con el dinero de todo un pueblo necesitado; si bien ello no se logra de un solo tajo, sí resulta posible asumiendo una actitud coherente y reiterada. Esa arma es el VOTO, herramienta que, para algunos inútil, aquí, en Cartagena, ha demostrado, con hechos, su eficacia como un freno a oscuros propósitos; el pueblo, en ocasiones por repudio, otras por rebeldía y por último con autentica esperanza, han concurrido a las urnas con el firme propósito de hacer un buen uso de él, manejando en su gran mayoría la misma premisa, ¡No más!... No más de lo mismo, no más de los mismos.

Lo planteado trasciende de lo meramente abstracto y reflexivo para convertirse, aquí en Cartagena, en una realidad. Con esta columna cobra vigencia la primera que amablemente me permitieron publicar en este medio: "La Evolución política que no se puede ignorar", y demuestra cómo, al final, independientemente de lo suntuoso de los cocteles y sus asistentes, la palabra definitiva la tiene el pueblo a través del sufragio. La irrisoria votación de Curi, la sorprendente llegada de Judith Pinedo a la Alcaldía y la arrasadora victoria de Campo Elías, demuestran cómo, al menos en Cartagena, el pueblo ha tomado su decisión, para algunos acertada, para otros no, pero al final, decisión soberana.

Muchos reconocidos personajes de la política local, cuya sola presencia en cualquier campaña se convierte, gracias al reseñado cambio de mentalidad, casi en sinónimo de derrota, valiéndose del escenario impuesto con la designación de un alcalde encargado de quien la mayoría de cartageneros ignorábamos su existencia, han querido cultivar la idea de que toca resignarnos a la clásica práctica de la política como único medio para lograr un desestancamiento en la ciudad. Sin embargo, no podemos dejarnos engañar y debemos tener claro que, al menos en el uso del voto, Cartagena ha evolucionado; este sí resulta ser el camino correcto; la calidad de los gobernantes poco a poco irá surgiendo a medida que generemos confianza en aquellas personas honestas que han tenido interés de convertirse en servidores públicos, pero que al final desechan tal aspiración por la imposición que, en nuestra sociedad, ha tenido la corrupción ante los ideales.

Lo cierto es que resulta inútil un líder preparado que condene a la ciudad a un letargo inmodificable de pobreza y caos por servir a los intereses mezquinos de unos pocos. Lo que realmente requiere Cartagena es de un líder que en verdad tenga como prioridad al pueblo, tanto al rico como al pobre, y ello jamás lo llegaremos a encontrar si involucionamos en nuestra conciencia democrática antiguas prácticas que en el ejercicio ya habíamos superado.






* Abogado.
Especialista en Derecho Penal y Criminalogía
y en Derecho Administrativo.

anthonysampayo@hotmail.com
Prohibido desmotivarse
Por Anthony Sampayo Molina *

     OPINIÓN