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En la iglesia San Blas, del barrio El Pozón, son muchos las personas que oran para pedir perdón y así poder estar en paz con Dios. La mujer que le pega a su hija es una de ellas. El borracho que malgastó su dinero en trago mientras su madre rogaba a gritos que le comprara unas pastillas para aliviar un intenso dolor, también. Es el día a día en ese centro católico de peticiones y de penas. Además, desde hace tres años, *Gabriel Ceballos, el cartagenero desmovilizado de las AUC, se ha sumado a esta lista larga de pecadores para jurar que nunca más portará un arma entre sus manos. 

El panorama de Gabriel Ceballos en el 2000 era como el de muchos colombianos. Vivía en El Pozón, en casa de su madre, con su esposa y sus dos hijos. No encontraba trabajo en ninguna parte. Ese sentimiento de guayabo atroz se fue convirtiendo en una pena infernal que ya lo tenía al borde de la desesperación. Un día, agobiado, llamó a un amigo que vivía en Lorica, Córdoba, para pedirle que lo ayudara. Él le informó que estaban reclutando gente para que trabajaran con las AUC. La respuesta de Gabriel se debatió entre el miedo de arriesgar su vida y el dolor de que, por física hambre, fueran las vidas de sus seres queridos las que estuvieran en peligro. No lo dudó demasiado. A Lorica se fue sabiendo a lo que se metía. O, por lo menos, eso creía.

Apenas Gabriel ingresó a las autodefensas le dijeron que tenía que viajar a Santander. Allí, en Cáchira, un pequeño municipio del departamento, realizó un duro entrenamiento de 6 meses que lo familiarizaron con las tácticas militares. "Todo consistía en cómo hacer y evitar emboscadas. Además de aprender a utilizar correctamente todo ese armamento que hay en la guerra" (…) "Fue ahí donde comprendí que muy pronto iba a estar en medio de una batalla y que tenía que elegir entre un guerrillero o yo", confiesa. Y luego dispara la siguiente consigna mortal: "En la guerra la vida no vale absolutamente nada".
Al otro lado de la guerra
Por Juan Camilo Ardila Durante

El 24 de septiembre de 2005, seiscientos desmovilizados de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) dejaron sus armas para tener las manos libres y así, por fin, disfrutar del privilegio de abrazar nuevamente a sus familias. Entre esos hombres y mujeres que enfilaban en diferentes grupos de paramilitares de alguna zona del departamento de Vichada, se encontraba un cartagenero con ganas de salirse de una guerra que para él no le pertenecía.
Las reglas de la guerra

Según Gabriel, si se está en guerra hay que levantarse muy temprano, "y eso cuando se duerme, ya que, por lo general, se está montando guardia toda la noche, a sabiendas de que los ataques enemigos casi siempre son en las horas de la madrugada". A eso se añade el riesgo que se corre las 24 horas del día, pues además de morir en manos enemigas también se está a expensas de que un miembro del mismo bando, por envidia o lo que sea, "le dé de baja a uno". Además -agrega- se ve a la familia una vez al año, ya que ni siquiera se tiene el privilegio de que concedan un permiso para salir de vez en cuando; "esas son las reglas a las que te tienes que ceñir" (…) "Incluso, varias veces vi que mataban a uno de nosotros porque se había cogido un alimento cualquiera sin permiso. A eso estábamos expuestos todo el tiempo".
Por ello es que cualquiera debe pensar que, para vincularse a las filas guerrilleras o paramilitares, debe ganarse entonces mucho dinero. Pero no es así. "Todos los que éramos soldados o patrulleros rasos recibíamos 350 mil pesos mensuales. Los comandantes ganaban mucho más y,  claro, ellos no iban a combatir en el monte", manifiesta Ceballos mientras se quita su gorra Nike para rascarse la cabeza. Al escucharlo, otro desmovilizado se acerca y se desahoga con un resuello íntimo pero con voz firme: "Es que nosotros peleábamos por una guerra que no la sentíamos nuestra. Además, en el monte sólo deben estar los animales". Con ese sentimiento, ambos habrían de abandonar la guerra años más tarde.


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