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Las mujeres de San Sebastián
María González evita a los guardianes que custo- dian a un recluso del que no quiere hablar. Lleva siete años en discordia con el personal de la cárcel para hombres de Carta- gena, San Sebastián de Ternera, a la que ha con- vertido en su sitio de pere- grinación dominical. "Son antipáticos los guardianes xxxxx
guardianes que nos requisan y nos quitan la comida, y las guardianas que nos registran -junta los dedos de una mano y la mueve en círculos- le hacen al fundillo de uno así, y se lo aprietan". A las diez de la mañana, esta negra de unos cincuenta años va en una fila con otras veinte mujeres, por debajo de una valla de contenido religioso que da la bienvenida al penal.  Y ha contado con suerte, porque "a veces son las once y está la fila más allá de la bomba –a unos 50 metros de la cárcel sobre la vía Troncal de Occidente" -, dice Luis Méndez, un vendedor de fritos con el que a veces desayunan algunas novatas que amanecen desde la noche del sábado para poder entrar a las ocho.

"Ver o no ver, la decisión está en sus manos", reza un aviso a un lado de un guardia moreno que deja atravesar a este grupo de mujeres por el primer portón externo. María González se queja y sigue a un quiosco donde cuatro dragoneantes del Inpec confirman si ha sido autorizada previamente por su recluso. "Bastante que conocen mi cara. No podemos traer bolso, celular ni nada, y los revólveres los meten ellos, y las drogas también. Uno se demora una hora para entrar y nos ponen este poco de sellos como si uno fuera una vaca". La pierdo de vista en un tierrero largo en el que se desarma la formación, y las mujeres, con pesadas bolsas de comida, aprovechan para aventajar. Les importa llegar primero.

Caminan unos 30 metros. Detrás les queda un basural, varios solares y una casa, y otra fila las recibe para ingresar a la edificación. "Aquí afuera no hay un baño, uno tiene que orinar por ahí detrás de los palos", señala una de las 1.600 visitantes que, según datos de un auxiliar del Inpec, ingresan hasta el mediodía de cada domingo. "Allá adentro nos cuentan 15 por 15 pa’ que nosotros nos sentemos en una silla, la cual nos ingresa, ¿verdad Karina?", se dirige a su amiga una morena que lleva 12 años visitando a "su hombre". La interrumpe una negra regordeta, con la que no se conoce. "Esa silla no tiene nada, es para que el perro pase por detrás de uno y todo eso. Ya la última es para detectar si uno lleva algo. Después vienen las guardianas. A mí gracias a Dios, en dos años que tengo viniendo, no me han desnudado. Antes había que venir en falda para que nos agacháramos y pujáramos, ahora solo hay que ponerse chancletas, porque no aceptan zapatos".
San Sebastián de Ternera alcanza su máximo grado de hacinamiento con la visita dominical de las mujeres que aman a sus reclusos. Varias afirman haber sido maltratadas. Por Ana María Cuesta
Una trigueña de 52 años visita a sus dos hijos desde hace cuatro. Están en el pabellón C2, sindicados por pertenecer a la banda criminal Los Paisas. Afirma que este año le ha ido particularmente mal con las guardianas. "El 27 de mayo nosotras íbamos entrando, nos dijeron que nos sentáramos, pero la silla pitó. Éramos las ocho primeras y a todas nos desnudaron, completamente. Hasta el interior nos los hicieron quitar y la señorita me decía que abriera las piernas". Dice que no ha denunciado porque teme que se tomen represalias contra sus hijos, "entonces uno a veces trata de callar por eso".

Otra, imaginando la escena, estira su pantalón elástico en la parte del pubis enseñando cómo hace para evitar que la toquen. "Y cuando uno tiene el periodo le hacen que se desprenda la toalla. Entonces tengo que bajarme el pantalón y quitármela", dice una jovencita de cejas pintadas que está en esta fila por su hermano, al que le toca dormir a la intemperie en uno de los patios -según cuenta -.

Avanzando, otras coinciden en que adentro no hay un buen trato para las embarazadas ni para las ancianas. "Cuando uno va a entrando y va saliendo hay un olor a podrido, a porquería, y así uno con todo y niño chiquito tiene que aguantarse eso". Evitan hablar sobre el sexo. Las que pueden practicarlo se tapan con las cortinas de las celdas compartidas, y se turnan, pero la situación resulta pesada para otras amantes. "La persona que yo visito no tiene celda, le toca en el pasillo. Entró hace aproximadamente 3 meses y duerme en colchoneta porque nosotras se las compramos, y hasta hay que traerle las medicinas". Para otra madre, de 40 años, que visita desde hace dos a un hijo sindicado por tráfico de drogas, lo más incómodo es tener que verlo en medio del patio atestado en el que duerme.

San Sebastián tiene una sobrepoblación de unos 700 reclusos. Fue construida en la administración Rojas Pinilla para albergar en ocho pabellones a unos 1.400 internos, pero solo en los primeros días de noviembre se han reportado 2.142. Cuentan hermanas de la Pastoral Penitenciaria que el pabellón B2, conocido como El Caguán, es el de mayor hacinamiento.

A un cuarto para las doce la mayoría de las mujeres con las que he conversado han logrado ingresar.  Algunas de ellas desean ser recibidas en mejores celdas, pero insisten en que para todo hay que pagar. "Supuestamente hay que hablar con un comité allá adentro, hay que mandar 50 mil cartas, pero esos baños son una porquería, están taponados. Ensucian encima de su propio popó".

Un dragoneante del Inpec me pide que salga porque no estoy autorizada para las visitas. Mucho menos para entrevistar. Dice que muchas de las mujeres que aman a sus reclusos a veces hablan de más. Que no me confíe. Que a varias han detenido ingresando drogas durante sus peregrinaciones dominicales.