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Entre la grandeza y el olvido
Por Laurent Céspedes *

* Director ejecutivo de la corporación Tierra Prometida y exsecretario técnico del Frente de Control Social por Cartagena
Si la belleza es uno de los atributos de la poesía –como de todo arte- podríamos decir que, en cierto modo, la naturaleza es poética. Desde las galaxias rutilantes hasta los peces de colores y los atardeceres marinos, son poéticos en su majestuosa armonía. Pero también las ciudades y los pueblos nos brindan emociones y pensamientos propios de la poesía: el orden y el sentido, las simetrías y los desequilibrios, los consensos y conflictos, el saber y la ignorancia, la abundancia y la pobreza.

Antes de la violenta ocupación española, Calamarí –después llamada Cartagena de Indias- era ya un hermoso lugar largamente habitado por culturas aborígenes que, antes de la extinción, cantaron y poetizaron su vida entre la tierra, el cielo y el mar de sus antepasados. Pero todo eso se perdió con la destrucción europea.

Sobre lo destruido sembraron los conquistadores la semilla escrituraria de la lengua castellana o española, que había llegado a la mayoría de edad en el siglo XIII y alcanzado su cumbre en el XVI y XVII con el soldado, poeta, novelista y dramaturgo Don Miguel de Cervantes Saavedra, cuyo fallido viaje a la naciente Cartagena de Indias nos privó quizás de algunas aventuras quijotescas en tierra americana.  En lugar de Cervantes, tuvimos en Cartagena, entre 1545 y 1559 a Juan de Castellanos, el autor de las Elegías de varones ilustres de Indias, escritas en octavas reales, el poema épico más extenso de nuestra lengua: “Añadid a la tela comenzada/Aquella ciudad sobre  mar puesta/Y aquel emporio cuyo nombre suena/Por la bondad del puerto, Cartagena”.

Sin embargo, la Calamarí extinta y la nueva Cartagena habrían de convertirse, por tres y medio inacabables siglos, en un espantoso escenario de esclavitud criminal legalizada contra cientos de miles y aun millones de africanos que fueron esparcidos por el resto de América.  Con la esclavitud murió también la poesía.  Quizás los únicos gestos poéticos en aquellos tiempos aciagos fueron la rebelión de Benkos Biohó y la labor del jesuita Pedro Claver, quien descubrió la dignidad y la belleza de los esclavizados negros detrás de las llagas del maltrato.  En su latín eclesiástico Petrus Claver se autoproclamó aethiopum semper servus («Pedro Claver, esclavo de los negros para siempre»); como él mismo decía «No con lengua, sino con manos y obras.»  No es sino hasta mediados del siglo XIX cuando, al tiempo que se decretaba el final de la esclavitud en Colombia, nacía en las cercanías de Cartagena (en la rivereña Mompós) el gran Candelario Obeso, el primero de los poetas negros que, en medio del amor y la pobreza, con solo 35 años de vida, supo elevarse hasta la cultura literaria en los idiomas más importantes de su tiempo, y nos dejó un legado propio sin parangón.  Poesía pura del río Magdalena y de sus bogas oscuros como la noche.

En la Cartagena revolucionaria de las guerras de independencia no floreció apenas más que una débil aunque simpática poesía en la pluma del político y prócer José Fernández Madrid, que no dejó huella.  Y pocos años después de la Independencia surgiría la gran figura política de Rafael Núñez, prolijo y reconocido escritor de extensos poemas en los cuales, según Andrés Holguín, “la poesía está ausente de sus rígidas estrofas”; su huella, en cambio, quedaría marcada por los siglos como autor del Himno Nacional de Colombia, cantado como dijo Germán Arciniegas por los niños de las escuelas y los presidentes de la república.  Aunque mala, Cartagena empezaba a tener una poesía propia.

1908 es el año de la publicación en España de “De mi villorrio”, el primer libro del poeta cartagenero Luis Carlos López, a sus 29 años.  Antes de morir a los 71, López publicó apenas tres libros más, de una concisión ejemplar.  Pero con ellos revolucionó la poesía no sólo en Colombia sino en Hispanoamérica.  Y Cartagena tuvo por fin a su poeta, que cantó su gloria y decadencia, y que forjó las imágenes más perdurables de su identidad.  Con una sonrisa volteriana, este vate singular amplió los límites de lo poético haciendo caber la vida entera en sus versos irónicos, furiosos, tiernos y estremecidos.

Junto a López surgieron también –oriundos o no- importantes poetas como Jorge Artel, Héctor Rojas Erazo, Gustavo Ibarra Merlano, Raúl Gómez Jattim y Germán Espinosa, entre otros que mi ignorancia me impide citar, haciendo de Cartagena una ciudad de poesía con un lugar en el mundo del arte verbal.  Y en las nuevas generaciones de poetas vivos -jóvenes y menos jóvenes, hombres y mujeres, negros y mestizos- toda una nación imposible de nombrar aquí.  La poesía florece en Cartagena como un jardín abonado.

Lástima que la ciudad carezca de lugares públicos dedicados a honrar la memoria de sus grandes poetas.


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