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Cartagena se parece a Macondo. No por su cercanía con el agua, o por estar en el Caribe. Tampoco por las casas de barro, aunque haya muchas en los extramuros de la ciudad. No. Cartagena se parece a Macondo en su magia, en la posibilidad de lo impensable. Y no me refiero exactamente a la presencia de gitanos que nos dan a conocer las cosas, ni a las mariposas amarillas.

Cuando hablo de lo impensable, recuerdo al niño que vi hace dos años celebrar la vida a orillas de la Ciénaga de la Virgen. Él jugaba con piedras pequeñas, que en su imaginación eran valientes soldados de una guerra interplanetaria, mientras sumergía sus maltratados pies en el líquido que alguna vez fue agua, y hoy día es un gran mar de heces fecales. Mientras, al otro lado del mundo, la ciudad de las murallas festejaba la elección de otra reina nacional de belleza.

Aquel pequeño sonreía, aunque probablemente sus padres no tenían para el desayuno del día siguiente. Su felicidad, creo, se basaba en desconocer que la vida ofrece otra cosa, que él merece otra cosa. Y como no sabía de juguetes mejores, sus piedras eran lo único que necesitaba en ese momento para estar contento.

Cuando hablo de lo impensable, también se me viene a la mente 'El Hoyo', cerca de La Candelaria, un sector sin Dios ni ley al cual muchas veces no se atreve a entrar ni la Policía, en el que viven decenas de familias en la miseria. También La Popa, donde miles padecen no sólo la falta de comida, de servicios públicos y de un techo digno, sino además los peligros del pandillismo y de los constantes derrumbes de tierra de la montaña. Todo esto sin que Cartagena deje de ser por un instante lo que es para buena parte del resto del país: un bello salón de fiestas.

Es un certero lugar común, pues, afirmar que 'La Heroica' es un Macondo en el que todo puede pasar. Y pasa. Esta es una casa en la que la sala se adecua para que una parte de la familia, que se viste de gala, reciba invitados ilustres y les ofrezca manjares exquisitos, y bailen juntos hasta el amanecer. Mientras, el resto de los parientes muere de frío en el patio, sin nada para comer.

Pienso en todo esto, especialmente, cuando leo en los diarios sobre un aumento en los índices de violencia de la ciudad. He leído, sobre todo, que ahora hay más robos que hace cinco años. Dice todo el mundo que ya no hay lugar seguro: atracan en Olaya Herrera y en Castillogrande, a las 12 de la noche o a las 7 de la mañana.

Sin pretender justificar a los ladrones, está claro que si un padre no consigue para dar de comer a su hijo saldrá a la calle a ver qué 'encuentra'. Mucho más si es víctima de la paradoja de ser ciudadano de un lugar bello e importante, sede alterna del Gobierno Nacional, visitado por Presidentes, Reyes, premios Nóbel, empresarios multimillonarios, actores… etc. etc. etc., pero en el que la justicia social 'por ahí pasó'.

Temo concluir que, así las cosas, la violencia no cesará ni aunque tripliquen el número de policías. Parafraseando a William Ospina, mientras el Estado no garantice al pueblo sus derechos básicos a vivienda, salud, empleo y educación, siempre habrá quien se rebele.

Si al Palacio de la Aduana continúan llegando a mandar personajes que sólo buscan llenar su bolsillo, el de sus parientes y el de sus amigos, en Cartagena seguirá ocurriendo lo impensable, lo macondiano: una parte de la familia en la sala celebrando, y la otra en el patio pasando hambre, pero pensando en hacer 'algo' para remediarlo.

No está mal que seamos el salón de fiestas de Colombia, solo que no podemos ser apenas eso. Hay que poner la casa en orden. Yo creo que un paso esencial es comenzar por sacar del panorama a los personajes antes mencionados, que se visten de prohombres para ganar votos, y después dan la espalda al mundo.

De Macondo, solo la magia del gitano Melquíades y de Remedios, la bella.



* Periodista


laurardila19@hotmail.com
La Cartagena macondiana
Por Laura Ardila Arrieta *

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