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La agenda oculta
Por Jorge Cárcamo Álvarez *

* Abogado, especializado en derechos Humanos, en estudios políticos y finanzas; y máster en Gestión Pública. Exconcejal, exsecretario de Planeación y expersonero de Cartagena. Exalcalde de Magangué. Exsecretario de Gobierno de Bolívar.
Obligar a que todos los candidatos a las alcaldías cuenten con un programa de gobierno, que  deben registrar formalmente en las notarias, y que su mandato pueda ser revocado si lo incumplen, fue el freno que encontró el constituyente para impedir que algunos alcaldes - una vez elegidos - hicieran con el poder lo que sus almas inflamadas de vanidad y ambición les sugirieran.

Si se evalúa lo consignado en el programa de gobierno, Campo para todos - del alcalde Campo - con las realizaciones de estos primeros meses, llegaríamos a la conclusión que poco o nada es lo que se ha cumplido, y que el Alcalde debería dejar el poder, no solo por motivos de salud, sino por pura y dura incapacidad de cumplir lo prometido. La encuesta de percepción del proyecto Cartagena como vamos lo dice todo: escepticismo sobre la suerte  futura de la ciudad.

Los programas de gobierno son tan importantes, que son el sustento para la elaboración de los Planes de Desarrollo, brújula orientadora de las acciones del gobernante. En definitiva, son ellos el pacto social que sella la comunidad y el gobierno, para impulsar el desarrollo social y económico de los municipios.

En el caso de Cartagena, se tienen que hacer esfuerzos para que el coraje no  enerve  la sangre, pues las más de ciento sesenta mil almas que votaron por Campo botaron su voto. Sienten que de ese pacto solo quedaron palabras, pues, sus fines que abogaban por la construcción de un modelo de desarrollo incluyente, que cerrara las brechas de la desigualdad, terminaron siendo quimera, aire. Lo único que parece estarse cumpliendo rigurosamente, son los fines de una agenda oculta, la de las mafias de la contratación, que la ciudad no conocía.

Arriadas quedaron las banderas de los pobres. De aquellos que hechizados por los cantos de sirena del programa populista cayeron inevitablemente en la trampa del que anhela. Ahora, rota la burbuja demagógica solo los embarga la desesperanza. Nunca más volvieron a reencontrarse con el talante conocido del candidato, que prometió una verdadera revolución de oportunidades para ellos, y de la nada - como por arte de magia - comenzaron a asomar las orejas los verdaderos dueños del poder, quienes sin pudor encendieron las locomotoras de la corrupción de su agenda oculta.

Esto llevó, a que ni el programa de gobierno ni el plan de desarrollo fueran, como debió ser, la guía de  las decisiones, sino que solo se consultara los intereses de los nuevos inquilinos del poder: reglamentación de la zona norte, prórroga de los contratos de aseo, las frustradas vigencias futuras o cualquier otro tipo de tropelías administrativas.

Es lamentable la enfermedad del alcalde, pero la ciudad debe saber si sus herederos de sangre y de su política gozan de su anuencia para hacer lo que hacen. Decirle a la ciudad si ellos se parecen a él - condición previa que él estableció para escoger a sus colaboradores, porque si es así todo estaría perdido - o sin son simples usurpadores del poder que abusan de su confianza y de su actual estado de salud.

Sin embargo, la ciudad comienza a despertar de su letargo, pareciera decir y poner, con tono alto y fuerte, en boca de Cicerón, lo que él, en el Senado Romano, recriminaba a Catilina: "¿ Hasta cuando, Catilina, han de abusar de nuestra paciencia, no los arredran ni la guardia nocturna del palatino, ni la vigilancia diurna de la ciudad, ni la alarma del pueblo, ni el acuerdo de todos los hombres honrados?"






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