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La enfermedad del poder
Por Jorge Cárcamo Álvarez *

* Abogado, especializado en derechos Humanos, en estudios políticos y finanzas; y máster en Gestión Pública. Exconcejal, exsecretario de Planeación y expersonero de Cartagena. Exalcalde de Magangué. Exsecretario de Gobierno de Bolívar.
La más grave de todas las enfermedades de nuestros gobernantes es la adicción al poder, sobre todo cuando esta se nutre con los gérmenes de la  ambición, la soberbia y la corrupción. Patología para la que no se conoce medicación alguna en fase terminal, por lo que es frecuente verlos aferrarse al mando, aunque en ello pongan en juego su dignidad o su vida misma.

No es extraño, en un adicto al poder que, de la noche a la mañana se sienta un iluminado o, lo peor, un reencarnado del alma de Bolívar o de Churchill. Se cree único e irremplazable. Está  convencido, en su delirio, que la tierra no gira sin la luz de su presencia.

Es normal encontrar cuadros patéticos, como estos, en una democracia débil como la nuestra. La que se sustenta -muchas de la veces - en un deleznable caudillismo, que hiere las instituciones y caricaturiza al gobernante.

Basta con mirar lo que pasa cotidianamente en nuestro enrevesado mundo político: un expresidente modificando la Constitución para perpetuarse en el poder, un procurador que viola las leyes, que juró cumplir y hacer cumplir, en su afán de reelección. O al mismísimo vicepresidente de la República, como un zombi, ocultando las fragilidades de su salud, con tal de seguir detentando el poder.

Como no podíamos ser la excepción, Cartagena vive su propia historia. Un alcalde, locuaz y pintoresco, que a pesar de haber sido diagnosticado, recientemente, con cáncer de pulmón, se aferra al poder en medio de declaraciones grandilocuentes y fintas de boxeador retirado, pero de silencios prologados cuando se trata de eludir los casos de corrupción que sacuden a su gobierno.

Desde un principio, recién posesionado, su probada falta de conocimiento sobre los asuntos de la vida pública hacían dudar que fuera él quien en verdad tomara las decisiones. Esa reservada y delicada labor, decían personas cercanas a los círculos del poder, estaba en manos de un pequeño grupo, del que hacían parte -principalmente - un exasesor, su hija y los financistas de su campaña.

Luego, confirmada la noticia del deterioro de su salud, de la simple creencia, con los desafueros del famoso sanedrín, dejó de ser duda para convertirse en triste realidad. El alcalde, como en los tiempos de las monarquías del medioevo, no gobierna. Está secuestrado por un círculo de poder. Su investidura quedó bajo el poder de facto de quienes, por tener lazos de sangre o haber financiado  la campaña, se creen autorizados para mandar.

Lo peor de todo no es que usurpen esas competencias, si -dado el caso - lo hicieran con criterio de servicio, sino que ante el deterioro de su salud y su solapado silencio, lo utilicen solo para sacar en su favor ventajas ilícitas. Avezados periodistas y diversos medios de comunicación se han atrevido, incluso, a ir más lejos, y apuntan crudamente a creer que lo que está en marcha es un plan siniestro de saqueo a la ciudad.

Como seres humanos nos preocupa la salud del alcalde, pero como ciudadanos también nos debe preocupar la situación de Cartagena. De la salud del alcalde, frente al espejo de sus conciencias, debe encargarse su familia, brindando la mejor medicina para un enfermo: amor y tranquilidad. Por la salud de la ciudad, sin excepción, debemos preocuparnos todos.





carcamoj1@hotmail.com


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