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puesto de trabajo, que la de tener carro propio. Es toda una manifestación  irreprimible e inocultable, que ha terminado por imponerse como una moda y volverse tema de conversación obligado en diversos círculos sociales, a los cuales se accede compartiendo la misma dosis de afinidad y vehemencia. Es lo más parecido a un capricho infantil tardío que se alimenta de esfuerzos y sacrificios paciente o desesperadamente acumulados, por lo cual no existe poder humano sobre la tierra que pueda interponerse a ese ideal: ni el ritmo creciente y desmedido de los combustibles o la precariedad de las vías (y su hijo bastardo: el pico y placa), ni siquiera los altos intereses del crédito o los sabios consejos de papá y mamá. Atrás quedaron el sueño de la casa propia, o la independencia temprana del hogar materno. Por lo menos pasaron a ocupar un segundo lugar en la lista de prioridades de un nuevo proyecto de vida.

Ya sabemos, de sobra, las grandes ventajas de tener carro propio, pero todas empiezan casi siempre por las incomodidades del servicio masivo de transporte urbano. Las demás corren por cuenta del ingenio creativo y elocuente del vendedor y el bolsillo del propietario. Al extremo de convertirse en muchos casos en una extensión de la personalidad de quien lo conduce y una valiosa herramienta de ornamento o de desdoblamiento para posicionarse socialmente: los hace sentirse más seguros, más audaces, más maduros, más guapos, más importantes. En pocas palabras, el auto les brinda aquello que les falta o que quisieran ser y que los haga destacarse más.  

Si miráramos brevemente las cifras de ventas y utilidades que reportan las compañías automotrices, de autopartes, combustibles, llantas y accesorios de todo tipo nos daríamos cuenta de la gran fuerza que ha tomado esta actividad económica y que la catapultaron, en medio de la crisis, en un asunto de primer orden.

Hasta ahí todo parecería un asunto meramente normal e inofensivo sino fuera por el elevado costo ambiental que nos toca asumir en nombre de una comodidad mal entendida y una vanguardia esnobista que decidió ponerle ruedas a la febril imaginación juvenil. Parece que se nos hubiera olvidado que los carros circulan en la ciudad, que es nuestro inmediato mundo exterior, nuestro microcosmos, nuestra gran casa, y todo de lo que nos despojamos en forma de desechos o residuos van a parar allí. Y lo que es todavía peor, en el caso de las emisiones contaminantes, van a reciclarse en la misma ciudad, no tienen otra opción.

Las principales fuentes de contaminación del aire de las ciudades son la industria y el transporte. Datos oficiales revelan que cerca del 80% provienen del transporte público y particular de carga y pasajeros, un 12% proviene de la industria y el resto corre por cuenta del sector comercio y servicios.

En la ciudad de Cartagena, entre los años 1990 y 2005, el parque automotor experimentó un crecimiento superior al 500%, con los respectivos impactos que una variación de este tamaño implica sobre la movilidad y la calidad del aire urbano. En términos de la composición del parque automotor, el 65,1% de los vehículos que circulan corresponden a transporte particular, lo que en una ciudad como Cartagena, que tiene pocas vías de circulación (dada su configuración espacial circundada de agua), se constituye en un factor que coadyuva con la congestión vehicular, con las consecuencias ambientales que ello conlleva. De otro lado, el 32,76% del parque automotor de Cartagena corresponde a vehículos de servicio público.

Lo anterior hace pensar que, sin tener en cuenta las cifras en que se ha disparado ese crecimiento vertiginoso en los últimos cinco (5) años, según se ve, lleva una tendencia progresiva bastante alarmante.

El común de la gente piensa que los contaminantes que se originan en un vehículo automotor accionado por gasolina son únicamente las emisiones de gases que controlan los organismos estatales a través del certificado correspondiente. Y no es así. Las emisiones generadas por un automóvil - en perfectas condiciones -, son de tres tipos: las del tubo de escape o mofle, las evaporadas y las del ciclo de vida del carro. Las primeras están compuestas, básicamente, por un 85% a 87% de monóxido de carbono, un 10% a 12 %  de hidrocarburos totales y un 3% de oxido nitroso. Las segundas corresponden -esencialmente- a vapores emitidos por la gasolina que se evapora en las tanqueadas y el funcionamiento del motor caliente. Y las del ciclo de vida son todas las que tienen que ver con el uso normal del vehículo: desgaste de llantas, volatilización de solventes, vertimiento de aceites, etc. Todo ello sin contar el incremento de los niveles de ruido y de la temperatura a causa de la elevada circulación de carros de todo tipo.

Para contar solo los referidos a la contaminación del aire que respiramos, la norma que dictó la autoridad ambiental sobre los límites máximos permisibles de las emisiones contaminantes se refieren estrictamente a unidades vehiculares, inspirada, como es natural, en la protección y control de la calidad del aire. Dicha norma - hasta hoy - , al no ocuparse de otras variables del entorno ambiental: la magnitud del espacio urbano y extensión de las vías, la densidad poblacional, la vegetación, etc., descuidó el hecho incontrovertible de que a mayor número de automotores circulando se produce un mayor deterioro de la calidad del aire por el aumento del volumen de emisiones generadas, por lo cual estamos a merced de una elevada polución que ya empieza a originar estragos en nuestra salud y a ocupar la consulta médica y hospitalaria.

Algo similar ocurrió con la creación de algunas tecnologías encargadas de controlar la emisión de contaminantes vehiculares para generar emisiones "más limpias", pero su relativa inocuidad y elevado costo muy pronto las hicieron caer en desuso.

De modo que no es un asunto banal, ni mucho menos una injusta advertencia. Si nos ocupáramos, por ahora, solamente de las emisiones que se generan en el mofle, notaríamos que corresponden en gran medida a emisiones de monóxido de carbono (CO), un ventajoso competidor del oxigeno al ingresar por nuestros pulmones, y responsable de la irritación ocular, bronquitis, dolores de cabeza,  taquicardia y otra serie de trastornos de la salud, que dependen en gran medida de las condiciones de exposición a las que una persona está sometida. Por lo cual, cabe señalar que los más afectados son aquellos que se dedican a las ventas ambulantes y estacionarias próximas a las principales vías vehiculares, los agentes de tránsito y policía, los obreros, porteros y vigilantes de parqueaderos.

La ciudad de ahora no es más inteligente que la que se nos dio a heredar. Más vehículos, aun cuando fueren último modelo y accionados a gas, no la harían más sostenible. Baste saber que el oxigeno que consume un automóvil en 1 hora 200 arboles se tomaron 24 horas en generarlo. Y cada uno de esos arboles recicla por año 50 kgrs de carbono dispuesto en el aire en forma de gas. Una elemental ecuación de salvaguarda ambiental establece que para mitigar la contaminación aérea ocasionada por un solo automóvil en un año se requeriría plantar y cuidar hasta su madurez 18 arboles.

Con total seguridad más carros se venderán en los días venideros, los cuales van a generar enormes ganancias y mayores recursos de diverso orden: más gastos de legalización y notariales, impuestos de tránsito, certificados de emisión de gases, seguros, etc. Por lo cual, mientras se mantenga esa dinámica, muchos no dirán una sola palabra. Ni los organismos oficiales de turno.

La decisión que tomemos es estrictamente individual y debe ir en consonancia con nuestro modo de pensar frente a la sostenibilidad de la ciudad y el planeta. Vale decir, frente a nuestra propia existencia. Un dilema de esta naturaleza no tiene mañana. No se van a dejar de vender carros, a menos que no los compremos y decidamos obrar ética y ecológicamente.

Un verdadero cambio de actitud podría comenzar desde hoy, p. ej., autorregulándonos en el uso del automóvil (dejar de hacerle conejo al pico y placa comprando otro automóvil de placas dispares, disponer - por lo menos - uno o dos días a la semana sin usarlo y buscar un medio alternativo), ayudando a mejorar la revegetalización de nuestro entorno inmediato (plantando, adoptando y cuidando arboles hasta su madurez), para citar solo algunas medidas individuales de fácil aplicabilidad.

Nada nos salvará si no actuamos responsablemente, ahora. Ni el encierro en el confort del automóvil (lo que se traduciría en mayor funcionamiento del motor para lograr la refrigeración del espacio interior) nos pondrá a salvo de la espesa e invisible nube de gases contaminantes que estamos respirando. 

No está muy lejano el día en que el último carro salido del concesionario termine por armar el último trancón de la ciudad. El que no tendrá principio ni final.



* Odontólogo
El sueño del carro propio
Por Freddy Durante Racero *

No creo que exista hoy día una aspiración más genuina, de cualquier colombiano joven o de mediana edad, hombre o mujer, sin importar su condición económica o nivel de formación, después de conseguir su primer xxxxxx
     OPINIÓN