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Como dijera un gestor social durante una reunión de la Corporación Cívica de Líderes de Bolívar, "a Cartagena de Indias podría rebautizársele como 'Cartagena Hoyos Vda. de Cemento'" y su nuevo nombre correspondería mejor a la condición que actualmente padece con el galopante deterioro de su malla vial. Salvo contadas excepciones, sus calles y avenidas, por los protuberantes cráteres que los conductores deben sortear a cada instante, evocan los devastados escenarios de un país en guerra o el yermo paisaje de la superficie lunar. 

Como a ello debe agregársele la carencia de un sistema de drenajes pluviales que evite el empozamiento de las aguas, lo que propicia que cada vez que llueve la ciudad se inunde totalmente (no se requiere de un diluvio: basta la más ligera llovizna), también podría recibir el título de "Venecia del Caribe".

Y para que no se interprete como una crítica infundada, cabría añadir con igual sarcasmo que los cartageneros estamos en mora de rendir tributo a los alcaldes que lograron, sin querer queriendo, que nuestra ciudad haya alcanzado tal condición y tan 'honroso' título. 

Pero aquellos a quienes ni lo uno ni lo otro interesa, que seguramente es la mayor parte de la población, deberían saber que la refacción de las principales vías de la ciudad, de acuerdo con la priorización dispuesta por la Secretaría de Infraestructura, tiene un valor calculado en $52 mil millones; que para el año que termina se presupuestaron únicamente $8 mil millones; y que en el proyecto de Presupuesto que estudia el Concejo, para 2009, se contemplan solamente $10 mil millones.

Como se ve, la solución al grave problema del pésimo estado de la malla vial requiere no sólo de una gran inventiva sino además de un mayor compromiso por parte de la Administración, particularmente de la Secretaría de Infraestructura y del Departamento de Valorización Distrital.   

La primera ha abaratado los costos tras optar por suministrar el concreto necesario para los trabajos, lográndose que, con los mismos recursos, se pueda ejecutar un mayor número de obras. El segundo deberá liderar la realización -por el sistema de valorización por beneficio general- del conjunto de obras dispuestas en un polémico pero ambicioso Acuerdo recientemente promulgado. 

Pero, con todo y ello, el problema sigue siendo mayor que los esfuerzos por resolverlo. A pesar de entender las limitaciones presupuestales y los condicionamientos que impone la ley de contratación, al ciudadano del común le cuesta entender, por ejemplo, que los cráteres de la avenida Santander sean a cada instante más numerosos, más grandes y más profundos, y que los funcionarios distritales (muchos de los cuales transitan a diario por esa arteria vial por donde pasan, además, millares de viajeros permanentemente), no hagan nada por impedirlo. 

Se nos dirá que el sector público es lento por la serie de procesos contractuales que deben cumplirse. De hecho, de acuerdo con fuentes de la Secretaría de Infraestructura, la refacción de dicha avenida está prevista para el mes de noviembre una vez se surtan todos los pasos de la respectiva licitación. Pero entonces diremos nosotros, a manera de sugerencia, que es viable disponer en la Alcaldía de un equipo de ingenieros y operarios dotados de las maquinarias y los insumos requeridos para 'tapar huecos' y evitar una tragedia mientras se reparan las vías con todas las de la ley; y para limpiar caños y paliar al menos las frecuentes inundaciones.

Como buenos costeños sonreímos con eso de llamar a nuestro corralito 'Cartagena Hoyos Vda. de Cemento' y "Venecia del Caribe", pero nos deleitaremos más aún si, con la mejora de sus vías y la limpieza de sus caños, la ciudad deja un día de merecer tales apelativos.  

Editorial
Cartagena, ¿la Venecia del Caribe? 
Al ciudadano del común le cuesta entender que los cráteres de la avenida Santander sean a cada instante más numerosos, más grandes y más profundos, y que los funcionarios distritales no hagan nada por impedirlo.