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Los organizadores del último "Gran Debate" con los candidatos a la Alcaldía de Cartagena programado para la noche del martes, sus protagonistas y el público no invitado al evento, violaron de manera premeditada o ingenua el undécimo mandamiento en las leyes de la selva política nacional: "no dar papaya", y todos cometieron el gran pecado del ridículo nacional.

La forma independiente, seria y creativa con que la Comisión de Debates Políticos de Bolívar venía desarrollando los encuentros con los aspirantes a ocupar el primer cargo del Distrito contaba con la aceptación ciudadana, a pesar de que sus esfuerzos no fueran compensados con el nivel de contenido o elocuencia de los convocados, pero la tentación de los reflectores de la televisión nacional les hizo morder la manzana de la discordia.

RCN y Semana convencieron a su socios locales (El Universal y el Canal Cartagena) de jugarse la última carta de los debates con el mismo  criterio con  el que se han desarrollado en los últimos años los grandes espectáculos en la Heroica: el de convertir a la ciudad en escenario, sin que sus habitantes hagan parte del público.

Les faltó más astucia que sensatez al pensar que un debate político, en un ambiente tan caldeado, a solo cinco días de unas elecciones atípicas, se pudiera realizar "a puerta cerrada" en plena plaza pública. A menos que esa "papaya" fuera puesta de manera preconcebida, para que la partieran los seguidores de cualquier candidato, en cuyo caso solo cambiaría el sentido del espectáculo, como efectivamente ocurrió.

Por su parte, la última oportunidad que tenían los candidatos de superar el nivel de sus intervenciones anteriores, consideradas por muchos como "insulsas", y de cambiar, no solo ante sus electores sino ante todo el país, la imagen de una contienda vacía en ideas, programas y liderazgo, fue dilapidada por quienes llevaron con incentivos a grupos de "borregos electorales" para que se tomaran la Plaza de la Aduana e hicieran escándalo cada vez que lo indicara un "productor" en la sombra.

La imagen del elector cartagenero quedó simbolizada con la actitud del funcionario de la Alcaldía Distrital que promovió la turba pre debate: enterado de primerísima mano de la condición privada del programa televisivo, exigió su ingreso, instigando implícitamente a los seguidores de una candidatura de sus afectos para hacer lo mismo.

Si consideraba, con buen juicio, que la plaza pública no podía ser usada para un debate privado, ¿por qué no hizo lo necesario para que la Administración a la que pertenece negara la autorización correspondiente?

Si los candidatos convocados sabían de antemano que el debate sería sin presencia de público, ¿por qué no exigieron cambio en las reglas de juego, o se negaron a asistir? Algunos prefirieron aprovechar silenciosamente la "papaya" para hacerse notar no propiamente con sus capacidades discursivas, o dominio de las ideas, sino con las estridentes gargantas de sus acólitos incondicionales.

Como era de esperarse, ninguno acepta ahora su responsabilidad en el vergonzoso espectáculo: los organizadores argumentan "incumplimiento de las reglas", los candidatos se acusan entre sí, los integrantes de las barras culpan a los medios, y los medios a todos los demás.

Con tantas papayas partidas por parte de todos los protagonistas, Cartagena quedó nuevamente servida en bandeja con su peor imagen ante el canibalismo andino. Nada permite pensar que la cruda realidad local, eclipsada por un mediocre debate electoral y la denigrante visión que hoy generamos en el concierto nacional, pueda cambiar en el corto tiempo. ¡Qué papayazo!.


Julio de 2013
Debate papayero
Por Delfín Rodríguez

     OPINIÓN