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Si Jesús volviera a la Tierra y decidiera pasearse por Cartagena, seguramente no echaría a la calle a los cambistas de la plaza de los Coches o a los artesanos de cabellos y barbas largos que suelen frecuentar los alrededores de los templos del Centro Histórico, sino que, con sus mismas manos horadadas en el Calvario, haría trizas el ventorrillo de café instalado a un costado de la Torre del Reloj.

Pero la ira santa podría llegar más lejos. Es casi seguro que el Hijo de Dios escogerá a once discípulos de los más corpulentos de la comarca -no doce porque de las experiencias se aprende- para acometer una agresiva campaña de restitución de las plazas públicas de la ciudad, hoy en manos de píos e impíos.

Razones de peso tendrá para hacerlo pues las plazas, que en esencia deben ser espacios para el disfrute ciudadano, sin importar que sean romanos, judíos o gentiles, se encuentran en poder de todos menos de la gente del común que observa con grima cómo unos cuantos se lucran de estos lugares abiertos con la complacencia de la clase dirigente de los últimos lustros, símiles de aquel que fue prefecto de Judea y archiconocido por lavarse las manos.

Entonces Jesús, ya no en un borrico -como fue aclamado a su ingreso a Jerusalén-, sino en su caballo blanco -como lo dice Apocalipsis- hará inicialmente una pesquisa de rigor por las tierras habitadas del Centro Histórico. Durante la noche será más efectiva la misión apostando a sus discípulos en las plazas con la consigna: "orad y velad, hijos míos".

Si los primeros discípulos de hace más de dos mil años se durmieron a pesar de la orden expresa de mantenerse vigilantes, quizá por la quietud y paz del Jardín de los Olivos, es improbable que los once modernos adopten la misma conducta, merced de la guachafita y el desorden que impera en las plazas del Corralito.

La intervención de Jesús tendría que ser inmediata. No descartemos que el más valiente de los discípulos desenvaine su espada y corte la oreja de alguno de los soldados de la Real Oficina de Espacio Público de la Alcaldía que saldrá en defensa del uso y abuso de las plazas por cuanto cobra, por la derecha y por la izquierda, lo que por ley divina pertenece al gobernante. ¿Quién es el César de hoy?

En este hipotético caso, Jesús sería acusado de rebelión y presentado ante quien lo espera con toalla, agua y jabón. Como la historia siempre se repite, entre Jesús y un ladronzuelo de La María (no Magdalena) el pueblo tendrá que escoger a quién colgar en la cruz. Lo escupirán, nuevamente será azotado. "¿Quieres decir algo?", preguntará Pilatos. Jesús permanecerá mudo como oveja hacia el trasquiladero, tal vez esperando el momento apropiado para hablar.

Las estaciones del camino al Calvario serán en cada una de las plazas. Gentes de otras latitudes, que bien podrían ser turistas del interior de la Judea moderna, lo abuchearán con odio intrincado. El acto de crucifixión tendría lugar en la Plaza de la Aduana, donde moribundo y sin otra esperanza que el inmenso cielo hará su declaración mirando fijamente hacia el segundo piso del Palacio. "Padre mío, perdónalos que no saben lo que hacen"… con las plazas.



* Periodista
Sigamos cavilando
"No saben lo que hacen" con las plazas
Por Daniel Castro Peñaloza *

     OPINIÓN