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Acabo de despedir a un amigo poeta que recientemente estuvo en Cartagena. El viaje, calcando sus propias palabras, fue placentero, inolvidable, de ensueño. Le pareció fenomenal que haya tanta vida durante las noches cargadas de misterio en el Centro Amurallado. Todo iba de maravilla hasta que, promediando las diez de la noche, le sobrevinieron ganas de evacuar la vejiga.

El poeta, después de ingerir cuatro cervezas de tamaño regular que le parecieron cuatro galones de la bebida, intentó solucionar el impasse en algunos negocios que se encontraban abiertos al público. Las respuestas fueron contrarias a sus deseos: "el baño se nos dañó hace unos minutos", "no hay agua desde ayer", "alguien tapó la taza"…  El amigo sufría lo indecible.

La solución, entonces, no podía ser otra. El Parque de Bolívar se alzaba como un enorme monstruo de mil cabezas recortado en un cielo de luna clara. En un costado de ese espacio emblemático de la ciudad solo reinaba la oscuridad. Se dirigió hasta allí y cuando se disponía a miccionar, apenas bajando el zíper del pantalón, alguien tocó su hombro.

"Eso es una falta de respeto con la ciudad". "Usted, que tiene cara de cachaco, no puede venir a Cartagena a mear en cualquier rincón". "¿Usted sería capaz de hacer eso en la sala de la casa de su madre?". Cada palabra del policía, del tamaño de un simio, parecía un aguijón contra la vejiga de mi amigo.

Lo dejaron en libertad porque lo que estuvo a punto de cometer era una  contravención simple, "o algo por el estilo", según me dijo entre risas. En ese momento al poeta no le importaba orinar contra la puerta del alcalde, del gobernador o al pie de la infausta estatua erigida al criminal Blas de Lezo. Hacerse "pi-pi" en los pantalones no estaba entre sus planes inmediatos.

Caminando ya sin fuerzas para contener el líquido secretado por los riñones, el poeta comenzó a perder la cordura. Dos locos de los que abundan entre los paredones del Centro Histórico le dieron sendos consejos. El primero lo descartó de plano porque, aunque es ateo, nunca dispararía su chorro contra la puerta principal de la catedral. La otra opción le pareció más viable.

No lo pensó demasiado. Entre una lata de gaseosa y una botella de cerveza se decidió por la primera. La catedral le sirvió de lugar para desalojar el líquido que lo martirizaba dentro de la lata de gaseosa, sentado en el peldaño de la puerta principal del recinto religioso y haciendo gala de gran experiencia en malabares y contoneos circenses. La sensación fue de emancipación.

Cumplida la "micción", el poeta se levantó padeciendo un agudo dolor a la altura de sus partes nobles que se disipó rápidamente. El loco que le había dado el consejo llegó a ocupar su lugar en el peldaño de la puerta principal de la catedral. Tomó la lata con su mano derecha y la levantó en dirección al cielo, gritando: "el problema del Centro de la ciudad es que no hay baños públicos"... Los dos sorbos de orines, aún calientes, los saboreó como quien ingiere la más fina champaña.


* Periodista
Cartagena sin baños
Por Daniel Castro Peñaloza *

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