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Investigación
La multiplicacion de los panes en el Concejo
Una empresa de sesenta mil pesos
Por Carlos Ardila González

Mientras guardaba en una raída billetera los $3.300,oo que el vendedor de tintos Juan Peñate Anillo acababa de entregarle, Darío Viloria Villamil, un pensionado de una entidad estatal que había invertido todos sus ahorros en el negocio del préstamo al premio, vio llegar a Elpidio Pérez, el último de los comerciantes que ese jueves 8 de julio habría de pagarle los porcentajes de los intereses de sus deudas, más la cuota del capital prestado.

Pérez, quien se rebuscaba vendiendo guarapo en la zona Suroriental, tenía que entregarle esa tarde $2.200,oo.

"Menos mal que ya mañana salgo de esta culebra", debió pensar el vendedor ambulante al recordar que en menos de veinticuatro horas cumpliría el compromiso de pagar el saldo de los $60.000,oo que Viloria le había facilitado hacía ya casi un mes, más el resto de los respectivos intereses, todo lo cual abonaba religiosamente cada tarde y luego regresaba a su vivienda en el barrio Nuevo Paraíso.

Con los $60.000,oo recibidos un mes antes, Elpidio Pérez reparó una carretilla que alguna vez transportó carbón del mercado de Bazurto hacia la Quinta, La Esperanza y La María; adquirió una pecera de segunda, que terminó convertida en recipiente de unos diez galones; y con el resto compró el hielo, la panela y los limones para procesar el guarapo, que hacía el milagro de convertir en llevadero el sol de Cartagena a unos ciento cuarenta transeúntes.

De lunes a sábado vende diariamente unos cien guarapos de $200,oo y unos veinte de $300,oo, pero los domingos a duras penas coloca de setenta a ochenta vasos porque su habitual clientela prefiere tomar cerveza.

A los clientes, en su mayoría hombres, en un ambiente de más de 37 grados a la sombra, la mezcla de agua'e panela y limón les sabe a gloria, y le exigen una ñapa: la mitad del vaso.

Todos los días, al acostarse, Elpidio da gracias a Dios por tener un trabajo que le permite llevar a su mujer y sus cuatro hijos el alimento, adquirido diariamente con menos de $3.000,oo (casi siempre arroz, platano o yuca y una 'liga' que podía ser carne de segunda, vísceras de pollo o, en ocasiones, huevo; adornado el plato con una ensalada de tomate, cebolla y lechuga, también de segunda); y no le ocurría lo que a otras familias del sector, que se acostaban casi todas las noches con la esperanza de que al día siguiente sí comerían.

Elpidio Pérez no sabe que un estudio que muchos ya recitan de memoria lo cuenta entre las 632.508 personas consideradas pobres en Cartagena. Tampoco sabe (y no tiene por qué), que sus vecinos, los que a duras penas ayer probaron una sola comida y mañana sólo un milagro permitiría que la situación mejorara, están entre los 428.861 indigentes con que cuenta la ciudad.

EL MILAGRO DE LAS SANCIONES MORATORIAS

Pero no todos los cartageneros tienen que hacerse su propio milagro para poder sobrevivir. A ciertas personas se los hacen, como el ex trabajador del Concejo de Cartagena, Walter Anchiriaco, a quien por concepto de liquidación de sus cesantías definitivas le adeudaban poco menos de $70.000,oo y al final terminaron pagándole casi $35 millones.

"Si esto no es desgreño, por lo menos, entonces no sabemos cómo se puede calificar", manifestó el ciudadano Dionisio Ricardo Osorio, alzando en sus manos la fotocopia del comprobante de egreso 7289, donde constaba que el 5 de marzo de 2002 la entonces presidente del cabildo, María del Socorro Bustamante, había ordenado el giro de un cheque, el N° 2480, por la suma de $34'791.319,oo a un extrabajador a quien en principio sólo adeudaban $69.988,oo.

Ante la mirada incréula de muchos de los asistentes a la audiencia pública convocada por la veeduría ciudadana Cartagena Visible en la Casa del Marqués del premio Real ese mismo 8 de julio, Ricardo Osorio prosiguió sus denuncias, imperturbable.
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